Arte y Cultura

Alonso Quijano, uno de los grandes existencialistas de la literatura universal

Querido lector, ¿has sentido alguna vez que la vida ya no tiene sentido ni gracia ni sal ni gozo ni alegría?; ¿has sentido alguna vez que estás cansa…

| Por José Antonio Alonso Navarro
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Querido lector, ¿has sentido alguna vez que la vida ya no tiene sentido ni gracia ni sal ni gozo ni alegría?; ¿has sentido alguna vez que estás cansado de la levedad de la vida o del tedio y de la monotonía de una vaga existencia?; ¿has sentido alguna vez que deseas dejarlo todo sin importar el precio a pagar habiendo sido consciente de la inutilidad de todo lo que has hecho en la vida? Bueno, supongo que sí.

A cierta edad, cuando paseamos por un parque o una plaza que invita a la reflexión y a que el tiempo se detenga o se disuelva, nos sentamos en un banco descolorido o ajado a contemplar con detenimiento y en silencio el orden natural de la vida y la mecánica inherente de sus leyes. En ese momento de soledad, donde no hay prisa ni apuro ni stress, activamos la máquina del tiempo de nuestro cerebro y, recurriendo a la técnica de la analepsis o flashback, comenzamos a preguntarnos qué hemos hecho de provecho en nuestra vida.

En ese momento es posible que nos demos cuenta (o caigamos en la cuenta) de que, a lo mejor, no hemos hecho lo que hemos querido hacer en la vida, y que hemos perdido el tiempo, sin embargo, en hacer todas esas cosas que demanda de nosotros como “ciudadanos de provecho” un Estado omnímodo, controlador y vigilante que se ocupa de guiar nuestras vidas desde que nacemos hasta que nos morimos. Y después de esa reflexión, de ese momento algo transcendental y sublime, algunos deciden continuar con resignación con su vacua e inocua existencia y otros, con rebeldía, deciden vestirse con una armadura vetusta y batallar alegres y entusiastas por esos agrestes e inhóspitos senderos de Dios o del demonio con el fin de escapar de una existencia hasta ese instante oscura y aburrida.

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Eso es lo que hizo ese “loco” llamado Alonso Quijano, un hidalgo (o “hijodalgo”), que significa “hijo de algo”, que frisaba unos 50 años y era natural de La Mancha, y que un día tuvo la empecinada determinación de dejarlo todo, como sabes muy bien, querido lector. Ese día, Alonso Quijano, con el objeto de huir de su existencia monótona y entretenerse en alguna actividad placentera, se puso a leer libros de caballerías, que, en esa época, para desdicha de Cervantes y dicha de Teresa de Jesús y otros, constituían los bestsellers de los siglos XVI y XVII, respectivamente.

Y cuando este hubo leído todo lo que se había escrito sobre caballeros andantes, sus gestas y aventuras, mandobles y rescates, y ya no halló en la lectura de los libros de caballería más placer y gozo, decidió él mismo, en un acto voluntario de carnavalización, parodia y divertimento, disfrazarse de caballero y marcharse de su hacienda en busca de aventuras. Creo, sin duda alguna, que a Alonso Quijano le pareció una magnífica idea despejarse la mente y oxigenarse dejando atrás al cura de cara de palo, a la sobrina cursi, a la rígida ama de llaves, al barbero simplón y a toda una patulea de aburridísimos personajes que habitaban en el mismo lugar en el que había vivido Alonso Quijano tantos y tantos años.

Sí, eso es, mi querido lector, Alonso Quijano “mandó todo a la China” y se reinventó, se rebautizó, se redefinió como un nuevo ser, un nuevo hombre, lejos de la oscuridad de una vida vaga y monótona para ir en busca de la luz para mayor gloria de “sí mismo”, de su libertad y de su felicidad. Dejó de lado el nombre de Alonso Quijano y se bautizó con el agua bendita de su imaginación como Don Quijote de La Mancha tratando de renovar su sangre y forjarse otra vida llena de ilusión y de esperanza y dejar atrás el aburrimiento del pasado, la monotonía de antaño y la vacuidad de los años anteriores.

Y lleno de fe en sí mismo, en su nuevo personaje y en la vida que lo deparaba, se fue en busca, además, de un rocín llamado Rocinante, de una dama de noble alcurnia y linaje (una aldeana bautizada como Aldonza Lorenzo) a la que llamó Dulcinea del Toboso y de un humilde y algo tosco, aunque gracioso y jocoso, escudero llamado Sancho Panza. Y no te creas, mi querido lector, que me he olvidado de Bajtín. Este gran escritor y teórico ruso habló de parodia y carnavalización al referirse a la obra universal de Cervantes y de Rabelais, en especial, en su libro La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais.

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Para Bajtín Don Quijote ve un mundo idealizado, trastocado o distorsionado donde prevalecen los encantamientos y hechizos, los gigantes, los magos, las princesas y los caballeros de nobles ideales, un mundo lleno de injusticias, un mundo caótico y desordenado donde él, Alonso Quijano, caballero andante, tiene una misión y un objetivo, que es  devolver al mundo el equilibrio y el orden perdido impartiendo justicia, y su manera de ver o percibir el mundo se refleja en su manera de hablar, en su discurso, en los diálogos constantes que mantiene con su fiel escudero Sancho Panza.

Sancha Panza, en cambio, ve el mundo tal como es, sin sublimar, sin idealizar, y de igual manera, esta visión del mundo suya se ve reflejada en su manera de hablar, en sus diálogos. Asimismo, para Bajtín Don Quijote de la Mancha constituye una auténtica parodia. ¿Por qué? Porque Cervantes se burla abiertamente de los libros de caballerías que eran tan populares en su época y años antes. Cervantes se burla de (y parodia) los libros de caballería a través de un viejo hidalgo que tiene como pretensión en el siglo XVII ser nada más ni nada menos que un caballero medieval, un caballero que ya no existía en la época de Cervantes, y que resultaba totalmente anacrónico y cómico en esa época.

Y Alonso Quijano, Don Quijote de la Mancha, quiere hacer revivir en su persona la figura del caballero medieval en una época donde los caballeros medievales no tienen razón de ser ni de existir, por eso el propio Don Quijote resulta tan cómica incluso entre sus propios contemporáneos, en especial, por su manera de hablar. Por lo tanto, El Quijote es una parodia de las novelas de caballerías de la tradición clásica y de la tradición clásica medieval. Para empezar, quien aparenta ser un héroe, Don Quijote o Alonso Quijano, es en realidad, un antihéroe en forma de un pobre loco que deja la administración de su hacienda para lanzarse al mundo con el objeto de impartir justicia entre los más débiles e indefensos; nada tiene que ver con los grandes caballeros como El Amadís de Gaula, Arturo, Perceval, Lanzarote, Gawain, Isumbras, Launfal, Orfeo, Trianmour, el caballero verde, Palmerín de Inglaterra, etc. Su caballo Rocinante, no es, ni por asomo, como el caballo de los grandes caballeros: Bucéfalo, de Alejandro Magno; la yegua Babieca, del Cid Campeador, Pegaso, de Zeus; o Incitatus, del emperador Calígula. Rocinante es, más bien, un caballo enjuto cubierto de moscas más interesado en las yeguas que en participar en grandes batallas.

La dama de Don Quijote es la sin par Dulcinea del Toboso que, en realidad, es una pobre campesina llamada Aldonza Lorenzo, moza labradora encargada de la limpieza del corral de los cerdos de su padre. Las gestas de Don Quijote no le dan gloria ni fama, sino todo lo contrario, redundan siempre en su contra porque no le traen más que palos y castigos, además de mofas y burlas por parte de todos que se han topado con él.

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El lenguaje de Don Quijote, su manera de hablar es a veces ridícula o bastante singular porque no habla como la gente de su tiempo, el siglo XVII, sino como los antiguos caballeros medievales (sobre todo de los siglos XIV y XV) y, por lo tanto, resulta tremendamente ridículo y llamativo para sus contemporáneos. El escudero de Don Quijote no es precisamente Gandalín, escudero del Amadís de Gaula, sino un labrador común, aunque sabio a su modo al que solo le interesa el buen yantar.

Otro concepto que aborda Bajtín es el de “carnavalesco”, asociado a la palabra carnaval. Lo carnavalesco en literatura permite crear una atmósfera o un clima de humor y de caos. Bajtín abordó el concepto de “carnaval” en su obra Problemas de la poética de Dostoievski. Para Bajtín el carnaval (entendido este como una festividad de carácter popular) está profundamente arraigado en la psique humana tanto a nivel colectivo como individual. El carnaval abarca, según él, todo un lenguaje de formas simbólicas que expresan un sentido carnavalesco del mundo unificado, impregnando todas sus formas. Este lenguaje puede trasladarse o transponerse al lenguaje de la literatura, y cuando se hace así, ocurre lo que Bajtín llama “la carnavalización de la literatura”.

Mi querido lector, todo eso y más, opina el gran Bajtín, pero volvamos al cambio de vida de Alonso Quijano. La vida cobró sentido para este cuando se rebautizó como Don Quijote, y a partir de ahí, consciente de todo lo que hacía, comenzó a dar rienda suelta a unas entelequias muy bien pensadas, y empezó a pasárselo muy bien trastocándolo todo a su paso a su libre albedrío y ad nutum. A las posadas las convirtió en castillos, a los molinos de viento en gigantes, a los odres de vino en enemigos acérrimos, a las prostitutas en damas, a los posaderos en caballeros, a los abrevaderos en capillas, a frailes benedictinos en encantadores, a la bacía de barbero en el yelmo de Mambrino, a galeotes en cautivos, a campesinas en damas de compañía…

En fin, Don Quijote puso en marcha febrilmente su cerebro para hacer realidad su carnavalesco y paródico sueño subvirtiendo todo aquello que lo había hastiado y aburrido y cansado durante tantos años. Por fin, alcanzó la libertad, por fin pasó de la existencia a la vida, de la tristeza a la alegría. Yo creo, mi querido lector, que Don Quijote nunca fue un loco y que nunca se volvió loco, todo lo contrario, yo creo que recuperó la cordura al tratar de escapar de una existencia que lo había esclavizado y sometido durante tanto tiempo.

Alonso Quijano, con 50 años, se dio cuenta de todo lo que se había perdido encerrado en su hacienda, enclaustrado en un lugar patético, encapsulado en la figura de un triste hidalgo. Y mientras estuvo disfrazado en su nuevo personaje, embutido en la armadura de un “caballero” se sintió feliz, alegre, libre y pletórico de vida. En su recorrido por el mundo, en su periplo por esos senderos llenos de peligros, buscó aventuras, y si no las encontró, se las inventó, las creó y recreó, con mayor o menor gloria, pero en todas ellas fue partícipe y protagonista de ellas.

Don Quijote o Alonso Quijano siempre supo de la comedia carnavalesca o del carnaval del que estaba participando, naturalmente, siempre fue sabedor de todo ello, porque él, Alonso Quijano, Don Quijote, fue, sobretodo, un existencialista que no leyó a Camus, pero que conoció seguramente a Sísifo en los libros de historia. Así es, ese mismo Sísifo que fue castigado por los dioses, que fue obligado a hacer levantar una roca y después dejarla bajar para toda la eternidad.

Alonso Quijano, y también quizá como tú y como yo, mi querido lector, es uno de los grandes existencialistas de la historia de la literatura. Don Quijote, Alonso Quijano, quiso ponerle sal y pimienta a su vida buscándole sentido a través de la libertad individual y de la responsabilidad. Don Quijote, lejos de ser un “caballero de la triste figura”, fue un valiente, un gran paladín que desafió la monotonía de su existencia y demostró que, como diría Sartre y seguramente otros existencialistas, “la existencia precede a la esencia”.

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Quijano eligió libremente su propio destino sabedor de que muchas de sus aventuras serían vistas como un desatino ante sus contemporáneos y de que su “nueva forma de hablar castellano” provocaría la hilaridad y la sorna de aquellos. ¿Acaso ello le importó? No, siguió adelante con su disfraz de carnaval, con sus “piruetas andantes” de caballero de palo, pero ¡qué bien se lo pasó, mi querido lector! Nada le importó, ni la adversidad a la que tuvo que enfrentarse lejos de su cómoda hacienda o “zona de confort”.

Alonso Quijano tuvo muy claro esa máxima existencialista que preconiza que la existencia del individuo precede a su esencia, y es que Don Quijote, al forjarse una identidad propia con libertad, demostró que no se nace con un propósito ya definido, sino que puede forjarse a través de decisiones propias. Alonso Quijano se negó en rotundo aceptar una realidad que había soportado durante muchos años y decidió cambiarla de manera radical otorgándola sentido y significado por considerarla, además de monótona, como ya hemos dicho, absurda, completamente absurda. Y tú, mi querido lector, ¿qué vas a hacer para cambiar tu realidad de Matrix holográfica o tu monótona existencia?

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