Arte y Cultura

El encuentro de oriente y occidente en la obra de Han Kang

“El Este es el Este y el Oeste, el Oeste, y nunca se encontrarán los mellizos”. Este verso del poeta inglés Rudyard Kipling (1865-1936) expresa ciert…

| Por Guido Rodriguez Acala
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“El Este es el Este y el Oeste, el Oeste, y nunca se encontrarán los mellizos”. Este verso del poeta inglés Rudyard Kipling (1865-1936) expresa ciertos prejuicios generalizados sobre  las llamadas, con harta imprecisión, cultura oriental y cultura occidental.

Si se trata de la geografía, el Hemisferio Occidental abarca toda América, Oceanía y una parte menor de Europa y África. Pero no, no es eso lo que se supone, sino que la cultura occidental es europea y comenzó con Grecia y Roma.  Así se olvida que el imperio de Alejandro Magno fue más asiático y africano que europeo; el romano, más mediterráneo que europeo. Y así oriental y occidental, con harta frecuencia, significan lo que cada cual pretende. De cualquier manera, el Este y el Oeste se encuentran en la obra de la escritora coreana Han Kang, ganadora del premio Nobel de Literatura en 2024.

Voy a comentar solamente uno de sus libros, La lección de griego, en cuya primera página se lee: “Borges le pidió a María Kodama que grabara en su lápida la frase: Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Como sabemos, el gran escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) se casó a los 87 años, ya completamente ciego, con María Kodama, y en Paraguay.

¿A qué se refiere la inscripción? A una vieja leyenda europea; digamos leyendas, porque hay más de una. Yo conozco la de Tristán e Isolda, que tiene varias versiones. El rey de Inglaterra decidió casarse con Isolda, princesa de Irlanda, y envió a traerla al príncipe Tristán. Durante el viaje, y por error, él y ella bebieron una poción mágica que los dejó perdidamente enamorados. No podían separarse, ni tampoco llegar a ninguna intimidad por una cuestión de honor. Erraban por los montes y, cuando dormían a campo abierto, Tristán colocaba su espada desenvainada entre los dos, para indicar que no habían traicionado al rey. A esto se refiere la frase de la tumba de Borges, citada en la primera página del libro de Han Kang.

¿De qué trata La lección de griego? De una relación conflictiva entre un hombre y una mujer, que no son de sangre real, sino personas comunes  en la Corea de nuestros días. Él es un profesor de griego clásico a punto de volverse ciego a causa de una enfermedad congénita y ella una profesora universitaria que ha perdido la capacidad de hablar a causa de un trauma psicológico. Él decide regresar a Corea en vez de quedarse en Alemania con su familia, que lo puede proteger. Ella ha dejado de enseñar a causa de su pérdida del habla.

Sin embargo, ambos tienen una gran capacidad para comprender el significado y las sutilezas del lenguaje escrito en la literatura y en la filosofía; al margen de sus dificultades para comunicarse en el habla de todos los días, donde se los ve tímidos e incluso tontos. Ella ha estudiado el inglés, el francés y el chino antes de comenzar con el griego antiguo, que ya no se habla más; él, durante sus años de estadía en Alemania, ha aventajado a sus compañeros de la universidad por su capacidad para aprender aquella lengua tan antigua y tan sutil, la de Platón y otros grandes espíritus.

Y así el entonces estudiante (cuyo nombre no se nos da, como tampoco el de su futura enamorada) se acerca a la filosofía de Platón para quien la verdad no reside en el conocimiento de las cosas materiales, sino en las ideas que las trascienden, como entiende el personaje de Kang: “Las ideas que no nacen ni se extinguen. Esas que existen detrás de todos los seres como sombras claras en el agua, como una deslumbrante guirnalda de flores que envuelve el mundo, el Avatamsaka Sutra al que me aferré con todas mis fuerzas a los quince años”.

Y así la concepción platónica de que el mundo verdadero es el mundo metafísico (para decirlo así, pues Platón jamás utilizó la palabra metafísica), se asocia a la de aquella otra gran mente de la India, el Buda, quien buscaba la iluminación, o sea la certeza de que el mundo cambiante de los fenómenos materiales es nada más que maya, voz sánscrita que significa ilusión.  ¿Platón y Buda juntos? Sí, para el profesor de griego, y yo pienso que esa es una relación plausible, si uno se aparta de sus preconceptos sobre lo oriental y lo occidental. Platón y Buda, esos dos buscadores de lo absoluto, son guías del personaje de Han Kang, que aun siendo ficticio es real porque nos dice algo valedero sobre nosotros, sobre la experiencia humana.

Volviendo a la ficción en la ficción, en la ópera de Richard Wagner titulada Tristán e Isolda, él y ella terminan muriendo de amor, y así el maestro nos dice que el amor es una fuerza misteriosa, irresistible e incluso fatal. En nuestra novela, él tiene un accidente al caer en una escalera y la estudiante lo socorre llevándolo a su casa y atendiéndolo. Lo que pasa en aquel hospedaje caritativo entre los dos no está claro, porque admite distintas interpretaciones, pues por momentos Kang nos presenta a sus personajes a través de sus propias fantasías. ¿Hay una consumación del amor o se mantiene entre ellos “el metal desnudo?”. Entiéndase los condicionamientos mentales y sociales, que en términos poéticos podríamos llamar el destino. De todos modos la atracción, que la leyenda consideraba una fuerza mágica, existía tanto en la remota Edad Media como en la Corea de hoy.

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