No es común que una novela paraguaya tenga su adaptación al cine, contados son los casos. La obra de Rodríguez Alcalá pasó prácticamente desapercibida en el momento de su publicación (como tantos libros paraguayos). Tiene el sello de Criterio Ediciones y se consigue en plaza. La película posiblemente se estrene en abril. Estamos atentos.
Pero yendo al libro, Rodríguez Alcalá parte del crimen del locutor Bernardo Aranda de 1959 para trazar su novela. Un crimen que nunca fue aclarado. La policía arrestó a una gran cantidad de personas sospechosas porque supuestamente eran homosexuales, los torturó y los expuso ante la opinión pública y con eso ya fue suficiente. Nunca se resolvió el caso.
El crimen de Aranda fue utilizado por el régimen stronista para desviar la atención de los sucesos de 1959; la gran manifestación de los estudiantes, el cierre del Congreso y la expulsión de varios dirigentes colorados que crearon el Movimiento Popular Colorado (Mopoco). Luego de la horrenda muerte de Aranda, el 1 de septiembre de dicho año, la prensa se ocupó del tema de una manera sensacionalista, haciendo conjeturas sin tener una base sólida, principalmente el diario El País y la revista Ñande. El trabajo de la prensa, más que contribuir a dilucidar el caso, desató una verdadera caza de brujas y desvió la opinión pública de lo ocurrido en dicho año.
Libros sobre Bernardo Aranda
Hay varios libros que se han publicado sobre este Aranda. Armando Almada Roche escribió “108 y un quemado” y también Agustín Núñez escribió una obra teatral con el mismo título y que fue publicada en libro por Arandurã.
Erwing Augsten Szokol hizo una investigación crítica muy detallada del caso y la publicó en el libro “Ciento ocho”, con mucho material de la prensa de la época.
También Bernardo Neri Farina en su novela “El siglo perdido” recuerda a Bernardo Aranda, pero de una forma diferente. La novela tiene como protagonistas a dos periodistas: uno veterano, Benigno, y una joven, Claudia, que investigan un caso de corrupción cuyas raíces llegan hasta los años de la dictadura. Pero Bernardo quiso incluir en la novela dos historias personales: una, cómo conoció a Bernardo Aranda, y otra, su encuentro con Herminio Giménez. Ambos sucesos logra mechar, dentro de la narrativa del libro. Bernardo Neri Farina presta sus propios recuerdos al personaje de su novela Benigno Franco.
Neri era un niño cuando conoció a Aranda. Era compañero de su padre locutor en la radio Comuneros y solía visitar la casa de los Neri Farina.
“Era compañero de papá en la radio. Hacía de operador y también cumplía algunos turnos de locución. Recuerdo que para mí se parecía a Elvis Presley, cuya foto, recortada de un ejemplar de la revista Radiolandia, me había regalado. Tenía el pelo negro, lacio, abundante y peinado con gomina todo hacia atrás. Las patillas largas, los anteojos oscuros y la campera de cuero negra completaban su aspecto similar al de Elvis”.
En un capítulo, Neri Farina hace una rica narración de cómo el niño hizo amistad con Bernardo Aranda, la tristeza que tomó la casa el día de su muerte y la caza de brujas que se desató después.
“La que debió ser una investigación policial derivó en una persecución a homosexuales. Pero con una característica muy particular: solo se persiguió a homosexuales opositores (...). Ya a nadie importaba la muerte de Bernardo. La murga se regodeaba chapoteando en la ciénaga. Sobre el asesino real nunca se supo con certeza de manera pública, aunque siempre existió el convencimiento de que la Policía lo identificó enseguida y lo ocultó en un sigilo nunca roto. El culpable fue alguien de peso”.
La novela “Narciso”
Guido Rodríguez Alcalá toma el caso de Bernardo Aranda para trazar un retrato de la sociedad paraguaya de 1958 y 1959, como un espejo en el que pueda verse. El personaje Narciso, más que nada, representa la ilusión, el espejismo de modernidad y libertad de una sociedad decadente . Rodríguez Alcalá nombra al protagonista como aquel personaje mítico griego que se enamoró de sí mismo al ver su imagen reflejada. Pero más que enamorarse y perderse en la imagen, el autor propone otro juego: que seamos nosotros los que se reflejan en la historia y así entendernos, conocernos con todos nuestros defectos históricos y actuales (porque muchas de nuestras deficiencias como sociedad no se acabaron en 1989) y a ver si así logramos superarnos Tal vez sea un cometido muy grande para un libro, pero para esta sociedad amnésica todo recuerdo sirve. Alguna vez debemos aprender y despertarnos.


