Hay frases que sanan y otras que enferman. Así lo afirma el médico y conferencista internacional Mario Alonso Puig, quien lleva décadas estudiando el impacto que la mente tiene sobre el cuerpo. Cirujano formado en la Universidad de Harvard y miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York, Puig sostiene que cada palabra que pronunciamos —sobre todo las que nos decimos a nosotros mismos— tiene un efecto biológico real.
“Eres tú, con tu forma de hablarte cuando te caes, quien decide si tropezaste en un bache o en una tumba”, explica. Lo que parece una metáfora encierra un principio neurofisiológico: el pensamiento genera emociones y las emociones modifican la fisiología del cuerpo. Si pienso que no puedo, me siento incapaz y mi cuerpo actúa como si realmente lo fuera. Si pienso que puedo, el organismo responde con energía y enfoque.
Las palabras son aún más poderosas que los pensamientos, porque no solo nacen en la mente, sino que entran por el oído y activan áreas cerebrales relacionadas con la emoción. Por eso, dice Puig, hablarnos con cariño y respeto no es autoayuda ingenua, sino higiene mental.
El estrés invisible que enferma
Detrás de muchas enfermedades se esconde la ansiedad. Esa anticipación constante del futuro, ese miedo a no poder resolver lo que viene, dispara el sistema de alerta del cuerpo. El cerebro interpreta esas ideas como una amenaza y libera cortisol, la hormona del estrés.
El cortisol no es “malo”: sin él no podríamos vivir. Pero cuando se libera de manera crónica —por pensamientos negativos o rumiaciones mentales— interrumpe su ritmo natural y bloquea el sistema inmunológico, el mismo que nos protege de infecciones y tumores. “He visto durante años cómo un exceso de cortisol desgasta el organismo, agota las glándulas y abre la puerta a todo tipo de dolencias”, advierte Puig.
Por eso, aprender a elegir los pensamientos es una forma de medicina preventiva. No se trata de negar lo que sentimos, sino de aceptarlo sin dejarnos arrastrar. Respirar, observar y decidir pensar de otro modo. “El mayor conquistador —recuerda citando el Dhammapada— es quien se conquista a sí mismo.”
La meditación como antídoto
La meditación, señala Puig, es una herramienta científica para romper el bucle mental. Estudios realizados en laboratorios estadounidenses muestran que su práctica regular aumenta el grosor de la región orbitofrontal izquierda del cerebro, encargada de regular el miedo y la ira, y reduce el volumen de la amígdala, donde se procesan esas emociones. En términos simples: meditar reduce el miedo y la irritabilidad, mejora la concentración y favorece la toma de decisiones.
El estrés, explica, tiene dos caras: el eustrés, que nos activa y motiva, y el distrés, que nos anula. La diferencia está en la recuperación. El primero es momentáneo y controlado por la adrenalina; el segundo, continuo y dominado por el cortisol. Vivir en distrés —como ocurre a millones de personas que creen que el agotamiento es normal— provoca un daño progresivo en el cuerpo y la mente.
Introducir pausas, moverse, reír, respirar o simplemente desconectar son formas de cortar el flujo tóxico del estrés crónico. Cada pausa es una dosis de salud.
El intestino, nuestro segundo cerebro
El médico recuerda además que el bienestar no se juega solo en la mente. El intestino, con sus 349 metros cuadrados de superficie —el equivalente a dos canchas de tenis—, actúa como un segundo cerebro. Alberga una red neuronal propia y una microbiota que influye en el estado de ánimo, el sistema inmune e incluso en enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer.
El 80 % de nuestras defensas está en el tubo digestivo. Si la microbiota se altera por una mala alimentación o por estrés prolongado, se produce lo que se conoce como intestino permeable, una condición en la que pasan sustancias tóxicas al torrente sanguíneo y generan inflamación crónica de bajo grado. Esa inflamación silenciosa puede derivar en enfermedades cardiovasculares, autoinmunes o metabólicas.
Por eso, comer bien y reducir el estrés son dos pilares inseparables de la salud. El pensamiento afecta al cuerpo y el cuerpo, a su vez, modula la mente. Es un diálogo constante entre neuronas, bacterias, hormonas y emociones.
El paso más pequeño
Cuando una persona siente que está “en el hoyo”, dice Puig, lo más importante no es salir de golpe, sino dar el paso más pequeño posible. La sensación de capacidad es lo que reenciende la autoestima. Cada acción, por mínima que parezca, reprograma el cerebro hacia la recuperación.
“Atreverse más en la vida no es un canto a la insensatez —concluye—, es una llamada a la audacia”. Porque, al final, el cuerpo sana cuando la mente cree que puede hacerlo y el lenguaje que usamos con nosotros mismos puede ser la primera dosis de esa cura.


