Puerto Yepepí

Christian Torres

| Por La Tribuna

Leí sobre esto por primera vez en algún lado, con un dibujo preciso, en colores, que ilustraba a la perfección el episodio. Por supuesto, recurrí a Google —¿cuándo no?— y allí estaba: un delicioso texto del inmortal Mario Halley Mora. Tan sabroso el relato, que dan ganas de “plagiarlo” in extenso, pero no lo haré por respeto a su obra.

Se trata de “Puerto Yepepí”. ¿¡Quéee!?, dirán algunos. Lo cuenta el propio Don Mario: “Yepepí” es el acto, esencialmente femenino, de levantarse —un costadito, agrego yo— las polleras y mostrar (durante un segundito) la ropa íntima, o la falta de ella, lo que debería esconderse, a manera de invitación, desafío o burla.

Sigo con el relato de don Mario, que es mil veces mejor que el mío: “Un veterano de la Guerra del Chaco me explicó que el nombre venía de cuando los bulliciosos barcos navegaban aguas arriba, llevando tropas para el combate, allá en las soledades de la Región Occidental, y remontando el río Paraguay.

Me contaba el veterano que en el lugar que es hoy el Puerto Yepepí (que ya habrá desaparecido, vuelvo a agregar yo), innumerables mujeres que lavaban ropa en las aguas del río recibían el estruendoso saludo de los soldados, y uno que otro piropo de subido color.

En respuesta —me decía el veterano— las mujeres no se quedaban atrás, y haciendo el yepepí de sus polleras, exhibían los dones del amor de los que los valientes soldaditos se verían privados vaya a saber por cuánto tiempo.”

Me imagino lo que era aquello. Una fiesta. Pero sigo copiando a Don Mario:

“Era otro tipo de despedida, en la que el combatiente llevaba en su espíritu aquella promesa de amor y fecundidad ínsita en el yepepí, y que adquiría significado profundo ante la presencia de la muerte que tendía sus alas como telón de fondo para la llamada, el desafío, la invitación y la incitación del acto de amor, más que simbólico en aquellos casos.”

“Y el denominador común era la alegría, incluso una inocencia raigal de aquellos muchachos que iban a la guerra sin tristezas ni miedos, sino con espíritu festivo, y también inocencia en aquellas mujeres que parecían querer que aquellos hombres de su tierra, que quizás iban a morir, llevaran en sus retinas la promesa y la invitación de un amor cálido en floración de sangre joven”.

Qué perfecta descripción. Y aún añadía: “No había, entonces, en aquellos intercambios nada feo, sino sencillamente la intensidad de una raza que vive la pasión de su clima y de su naturaleza”.

El célebre escritor se ponía algo nostálgico al cerrar: “Alguna vez navegaré por el río Paraguay, y pediré a los baqueanos que me muestren el Puerto Yepepí... Allí, recordaré a aquella gente sencilla y sin falsas modestias que pertenecieron a una generación que no le temió a la guerra, a ella fue y la ganó”.

Y su epílogo es simplemente perfecto: “Rendiré homenaje al soldado, y a la doncella de muslos morenos que parecía ofrecer otra victoria al soldado que no regresaría vencido ni muerto sobre su escudo, sino a seguir luchando, trabajando, amando y multiplicando la milagrosa simiente de nuestra raza paraguaya.”

Pensarán mis lectores: “Este se pasa escribiendo sobre boludeces”. Y la verdad es que hoy en día hay tantos expertos en todos los temas importantes, que ya no me animo a sumarme.

Alguien tiene que escribir sobre estas “Historias que nadie cuenta”, como se llamaba aquella columna que yo escribía en mis años mozos, en la vieja y señorial La Tribuna.

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