En 2026, la reivindicación de dictadores —de derecha o de izquierda— suele presentarse menos como nostalgia explícita que como una promesa de eficacia. Cuando amplios sectores perciben que la democracia es lenta, capturada por élites o incapaz de ofrecer seguridad y bienestar, el autoritarismo se reempaqueta como solución. En ese marco, las extremas derechas aprenden a normalizarse: ya no se anuncian subversivas, sino institucionales, y buscan transformar el sistema desde dentro con un discurso de orden, nación y protección social. Este giro convive con la crisis de representación: las organizaciones que antes canalizaban la protesta se debilitan y la rabia se vuelve materia prima política, a escala global.
El primer engranaje es la relectura selectiva del pasado. Se minimizan crímenes y se maximizan resultados: crecimiento, estabilidad, mano dura, anticomunismo o antiimperialismo. En la derecha, esto suele apoyarse en una batalla por la memoria que desacredita consensos de derechos humanos (“excesos”, “curros”, “números inflados”) y convierte a las víctimas en un obstáculo para dar vuelta la página. En ciertas izquierdas, la operación espejo justifica la represión como defensa de la revolución y desplaza la discusión hacia logros sociales o soberanía.
El segundo engranaje es estético: la política como provocación. La ultraderecha 2.0 exhibe irreverencia, memes e incorrección política para aparecer rebelde y antiestablishment, redefiniendo la libertad como permiso para jerarquizar y excluir. Al declararse perseguida por una supuesta dictadura progre, vuelve deseable la figura del líder fuerte que dice lo que nadie se anima.
El acelerador decisivo es la colonización digital. Algoritmos programados para retener la atención y registrar cada interacción convierten el conflicto en combustible; y la desinformación deconstruye la realidad compartida: sembrar confusión y teorías conspirativas vuelve verosímil cualquier rehabilitación. En paralelo, la política se muestra dócil ante oligarcas tecnológicos y empresas que actúan como Estados, mientras la IA se expande sin control público. En ese circuito, tanto la apología de Franco como la de Stalin o Castro se sostiene en una gramática común: fabricar un enemigo, suspender reglas y presentar la concentración del mando como vía para reparar la comunidad. Si se erosiona la confianza, se vuelve rentable esa simplificación.
Hay un punto ciego que atraviesa a quienes, desde la izquierda o la derecha, relativizan una dictadura o idealizan la “mano dura”: olvidan que el marco de derechos humanos es la condición de posibilidad de su propia libertad cotidiana. Ese encuadre —que limita el poder del Estado y protege a minorías e individuos— no es un adorno moral; es un seguro institucional que impide que la fuerza se convierta en norma.
Cuando se justifica el autoritarismo en nombre del orden, la patria o la revolución, se supone que el castigo caerá sobre “otros”: delincuentes, traidores, corruptos, desviados. Pero una vez que la excepción se legitima, el criterio de quién merece vivir sin miedo se vuelve arbitrario y cambiante. Sin garantías, cualquiera puede ser reetiquetado como enemigo.
La paradoja es dura: muchos defensores actuales de la coerción estarían hoy indefensos sin las reglas que desprecian. Sin derechos humanos, la orientación sexual, la expresión de género, la fragilidad física, la dedicación intelectual o la simple falta de entrenamiento podrían volver a ser motivos de humillación, agresión o persecución social y estatal. Y sin un Estado sometido a límites, la seguridad se privatiza: sobrevive quien tiene fuerza, armas o redes.
Lo bajo más a tierra, si digo "amanerado de derecha" se les pueden venir varios nombres y caras, gente que reivindica la familia (pero no tienen hijos, matrimonio o pareja conocida), y tiene discursos moralista extremos, les encanta marcar la cancha sobre que es bueno y que es malo. O un intelectual de izquierda, que reivindica a la Unión Soviética, a los regímenes de Cuba o Venezuela, y ponen en tela de juicio las ganancias adquiridas por medio de ideas creativas o emprendimientos exitosos, generalmente este perfil como mucho suele ir a caminar a la plaza del barrio, no tienen ningún tipo de entrenamiento. Si no existieran la idea de derechos humanos, de instituciones que protegen a las personas, cualquiera de estos individuos serian acosados, vulnerados y violentados como si la vida fuera un pasillo de colegio sin celadores.
Por eso, el debate honesto no es “derechos o seguridad”, sino qué seguridad es compatible con la igualdad ante la ley. La democracia puede fallar, pero el remedio autoritario suele empezar recortando derechos… y termina decidiendo quién merece tenerlos.
Recomendación de lectura
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Antonella Marty — La nueva derecha y Agustín Laje — La batalla cultural: para comprender, desde dentro, los argumentos y autopercepciones del campo “nueva derecha” y su gramática cultural.
A.A. V.V. — Neofascismo (De Trump a la Extrema Derecha Europea): para sumar casos comparados y ver patrones transnacionales.
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