El país donde pensar es meterse en problemas

Por: Pablo Noé. Domingo. Asado, arroz con pollo o fideos, da igual. La mesa está servida, el tereré ya va por la segunda ronda y alguien —siempre alg…

| Por La Tribuna

Por: Pablo Noé. 

Domingo. Asado, arroz con pollo o fideos, da igual. La mesa está servida, el tereré ya va por la segunda ronda y alguien —siempre alguien— decide cometer el error de abrir el tema político. No lo hace con mala intención. Lo hace como se dicen las cosas en Paraguay: como al pasar. Un “¿viste lo que hicieron?” y ya está. La sobremesa se convierte en ring.

Cinco minutos después, lo que era una conversación familiar pasa a ser una final de Copa. No se debate, se ataca. No se escucha, se espera turno para rematar. Nadie pregunta “¿qué pasó?”. La pregunta es otra: “¿de qué lado estás?”.

Porque en Paraguay ya no discutimos ideas. Discutimos pertenencias.

Y cuando una opinión se vuelve camiseta, el pensamiento crítico se vuelve una amenaza. Dudar es sospechoso. Matizar es ser tibio. Preguntar “¿y si no es tan así?” es un insulto. El que intenta razonar queda en una posición incómoda; no es enemigo, pero tampoco es soldado. Y eso, en un país en modo tribu, es imperdonable.

Hoy la grieta funciona como religión. Y toda religión necesita dogma, fe y herejes. El dogma se recita fácil: “Los míos son buenos, los otros son malos”. La fe consiste en creer incluso cuando los hechos contradicen el relato. Y los herejes son los peores; no son “los otros”, sino los que se animan a cuestionar desde adentro.

Si criticas a tu bando, sos un traidor. Si reconoces algo del otro, sos vendido. Si pedís equilibrio, sos funcional. Si pedís pruebas, sos insoportable. Y así, sin darnos cuenta, construimos una sociedad donde pensar se volvió un deporte extremo.

La grieta no quiere ciudadanos, quiere hinchas. Porque el hincha no pregunta: "¿esto está bien?”, sino que pregunta: "¿esto le pega al rival?”. El hincha no mide las consecuencias. Mide humillación. No corrige errores, los justifica con entusiasmo. No dialoga, predica.

La ironía es que nos creemos informados, participativos, “despiertos”. Pero lo que hacemos, la mayoría de las veces, es repetir consignas con tono de verdad absoluta. Y cuanto más fuerte se grita, menos se piensa.

Las redes sociales hicieron el resto. Nos entrenaron para reaccionar, no para comprender. Para indignarnos rápido, no para preguntar mejor. Para simplificar problemas complejos en frases de veinte palabras. Para odiar sin leer. Para sentir que ganamos cada vez que el otro queda callado.

¿Y mientras tanto qué pasa con el país real?

El país real sigue igual. La educación no mejora por insultar al adversario. La salud no se fortalece por compartir memes políticos. El tránsito no deja de matar porque discutamos quién es “peor”. La economía no se ordena porque tengamos razón en una discusión de sobremesa. Pero nosotros felices creyendo que la victoria es “cerrarle la boca” al otro.

La grieta es el negocio perfecto, mientras peleamos entre nosotros nadie rinde cuentas.
Mientras nos odiamos, nadie gobierna de verdad. Mientras discutimos identidades, los problemas siguen intactos. Y ahí está lo más brutal: la grieta no es un accidente social, sino una herramienta.
Un país dividido es un país manejable. Un país peleado es un país distraído.

Capaz por eso la polarización se reproduce tan fácil; porque funciona. No para la gente, sino para los que viven de la confusión.

Hoy, en Paraguay, pensar no es virtud, es provocación. Y el que piensa mucho termina quedando solo. Porque acá hay una regla no escrita: mejor estar equivocado en grupo que tener razón a solas.

Y, con esa regla, no hay futuro que aguante.

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