Opinion

El grito que nos debíamos

Por Natalia Olmedo

| Por La Tribuna
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¡Tove ou, ndaipóri kyhyje!.

Un país que se reconstruyó a sí mismo desde el polvo y la sangre no entiende de rendiciones, pero sabe demasiado de esperas. Dieciséis años es mucho tiempo para mantener contenido el aliento. En Paraguay, la ausencia de la Albirroja en un Mundial nunca fue una simple racha de mala suerte deportiva, fue el silenciamiento progresivo de nuestro único ritual de tregua. El único instante en el que este rincón de tierra roja dejaba de sobrevivir para, por fin, permitirse soñar.

Quienes hoy bordeamos la barrera de los treinta guardamos el 2010 como el último gran milagro de nuestra infancia. El recuerdo tiene el tacto del invierno y el sonido estático de aquellos televisores de tubo, cargados en andas por los pasillos de las escuelas como si fueran altares rodantes. En esas aulas con pupitres amontonados, donde se borraban los apellidos y las clases sociales, aprendimos a gritar juntos.

Creímos, con la soberbia inocente de la juventud, que la grandeza nos pertenecía por derecho. Que siempre habría un salto heroico en el área, que el mundo siempre sabría dónde quedaba Paraguay. Pero después vino el desierto y, con él, nos atropelló la adultez.

Mientras la selección perdía su identidad y se acostumbraba a mirar la fiesta ajena con la cabeza gacha, nosotros cambiábamos el patio del colegio por la brutalidad de la rutina. Los años se volvieron pesados. El país se llenó de urgencias, de inflación, de deudas y de un cansancio estructural que se nos fue metiendo en los huesos.

Caminamos esta década y media de sequía perdiendo pedazos de fe, convencidos de que esa alegría furiosa y colectiva, esa que nos definía frente a la tele prestada del colegio, ya no era para nosotros.

Por eso, lo que ocurre hoy sobre el césped no es táctica; es memoria genética. Este equipo no juega al fútbol, hace arqueología emocional. Gustavo Alfaro entendió que en Paraguay no se entra a la cancha a dar un espectáculo, se entra a defender una frontera, así como lo dijo él: “estamos preparados para luchar, para ofrecer el corazón, dejar la piel, honrar la memoria, así estamos y así nos vamos”.

Despertó el gen indomable de un pueblo que forjó su idioma en la guerra y que fue levantado de sus propias cenizas por las manos curtidas de sus mujeres cuando no quedaba piedra sobre piedra. Esa es la verdadera “garra guaraní”. No es un eslogan comercial, es el instinto de supervivencia del soldado en Boquerón, es la terquedad histórica del que se niega a desaparecer.

En una época donde la realidad asfixia y el desencanto es la norma diaria, tener noventa minutos para volver a creer no es un acto de ocio, es una necesidad vital. En cada pelota dividida, en cada cruce donde un jugador pone el cuerpo como si fuera la última trinchera, hay un país entero exhalando. Nos devuelven la identidad que creíamos perdida en algún repechaje del pasado.

Esos once hombres saben perfectamente que ya no corren detrás de una pelota; llevan cosida al pecho la fe absoluta de un país entero que decidió volver a soñar.

Cada vez que muerdan el pasto y cada vez que se levantan del barro con la frente en alto materializan la esperanza de una generación que recuperó su derecho a la victoria.

El miedo quedó en el desierto y hoy nos sobra convicción, porque cuando la red se infla y la república estalla en ese grito unánime, antiguo y ensordecedor, ocurre el milagro definitivo; el Paraguay se abraza hacia el futuro, empujado por la certeza inquebrantable de que, esta vez, el destino nos pertenece.

¡Tove ou, ndaipóri kyhyje!

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