Cuando Francisco Ortigoza publica fotografías y videos de sus padres, Julia Giménez y Sergio Ortigoza, no busca solamente mostrar una buena cosecha, también intenta rendir homenaje a una historia construida con trabajo constante y la convicción de que la tierra responde a quienes la cuidan con paciencia.
La familia vive en Colonia Independencia, departamento del Guairá, donde las jornadas comienzan al despuntar el alba. Francisco, sus padres y hermanos se distribuyen las tareas entre los cultivos y la preparación de los pedidos. Lo hacen como parte de una rutina que fue creciendo junto con los árboles de mandarina plantados en la finca familiar.
Francisco contó a La Tribuna que siente un profundo orgullo por don Sergio y doña Julia, quienes le enseñaron el valor del esfuerzo. Según relató, ayudar en la producción es una manera de agradecer todo lo que hicieron por la familia.
“Hace muchos años papá y mamá empezaron a plantar en nuestro terreno. Un macatero le había dicho a mamá de dónde comprar los plantines y los compró. Hoy tenemos entre 35 y 40 plantas que dan muchísima fruta, deliciosa y sana”, expresó.
La plantación ocupa aproximadamente una hectárea y fue creciendo con el paso de los años gracias al cuidado permanente de la familia. Lo que comenzó como una apuesta de don Sergio y doña Julia terminó convirtiéndose en una actividad que hoy involucra a hijos y hermanos en cada etapa de la producción. Apenas culmine la cosecha, trabajarán nuevamente la tierra para lograr producción de la misma calidad para el siguiente período.
El sabor del campo en las aulas
Durante años, la producción fue destinada al consumo familiar, vecinos y pequeños comercios de la zona. Con el aumento de la cosecha surgió la necesidad de encontrar más compradores y, a comienzos de este año, la familia logró contactar con dos empresas proveedoras del programa Hambre Cero.
Según Francisco, esto les permitió acceder a un mercado estable y planificar mejor el trabajo. “El proceso de cosecha consiste en arrancar las mandarinas, juntarlas en la carrocería del camión, contarlas, pesarlas y embolsar para su entrega final”, dijo Francisco.
En 2025 consiguieron entregar alrededor de 11.000 mandarinas. La cifra estuvo condicionada porque el vínculo comercial se concretó cuando la temporada ya estaba llegando a su fin. Este año, en cambio, hasta mayo ya habían entregado más de 30.000 unidades destinadas a escuelas del Guairá.
Agregó además que ver la producción de la finca formando parte de un plan alimenticio genera alegría porque el trabajo realizado en el campo beneficia a miles de niños.
“Detrás de cada fruta entregada existe el esfuerzo de hombres y mujeres que se levantan antes del amanecer para cultivar con dedicación y amor lo mejor de nuestra tierra”, afirmó.
Para los Ortigoza Giménez, cada mandarina cosechada resume años de sacrificio, aprendizaje y perseverancia. Lo que comenzó como una producción destinada al consumo propio hoy llega a escuelas y se convierte en una oportunidad de crecimiento para toda la familia.


