Treinta años después del asedio de Sarajevo, la Fiscalía de Milán investiga si ciudadanos italianos pagaron grandes sumas de dinero para viajar a Bosnia y disparar contra civiles atrapados en la capital entre 1992 y 1996. La sospecha de estos “safaris humanos” se apoya en archivos militares, denuncias recientes y testimonios de antiguos agentes e integrantes de la misión de paz de la ONU.
Entre esas voces destaca la de Edin Subašić, bosnio de 62 años, hoy jubilado. Antes del conflicto fue profesor de literatura y periodista, pero en 1992 se incorporó al Ejército de la República de Bosnia-Herzegovina y pasó al Servicio de Inteligencia Militar. Desde allí vivió el asedio más largo que ha sufrido una capital en la historia moderna: 1.425 días de encierro, más de 11.500 muertos y unos 50.000 heridos bajo el fuego de la artillería y los francotiradores.
Subašić afirma que escuchó por primera vez el término “safari humano” a finales de 1993, cuando su jefe, el general Mustafa Hajrulahović, le encargó analizar interrogatorios a prisioneros serbios. Uno de ellos, un joven de unos 20 años originario de Paraćin, en Serbia, había llegado al frente en un autobús, se perdió en la zona urbana, saqueó casas vacías y terminó capturado por las fuerzas bosnias. Su declaración fue, según el exagente, la primera pieza concreta de un horror que hasta entonces sonaba a rumor de guerra.
Aquel prisionero describió un autobús repleto de voluntarios serbios y de extranjeros. Entre los pasajeros, aseguró, viajaban cinco italianos con ropa de caza y armas muy caras. Uno de ellos, de Milán, le explicó que no eran mercenarios, sino cazadores que pagaban a las fuerzas serbobosnias para poder disparar a civiles en la ciudad sitiada. Lo más perturbador fue la mención de una “lista de precios”: niños, mujeres, embarazadas, adultos o soldados, cada categoría con su propia tarifa.
El interrogatorio también detallaba la ruta de esos “turistas de la guerra”. Según el testimonio, partían de Italia, a menudo a través de Trieste, viajaban hacia Belgrado y desde allí eran trasladados en autobús o helicóptero hasta Pale, localidad situada a unos 15 kilómetros de Sarajevo que funcionaba como base serbobosnia. Desde allí, unidades especiales del ejército serbio los guiaban hasta posiciones de tiro que dominaban las calles de la capital. Para Subašić, una logística así solo podía funcionar con una estructura “altamente profesional”, vinculada al aparato de seguridad serbio.
El analista elaboró un informe y lo elevó a sus superiores, que a su vez contactaron con el SISMI, la antigua inteligencia militar italiana, entonces presente en la fuerza de paz de la ONU. De acuerdo con su versión, a comienzos de 1994 el SISMI respondió que había identificado el punto de partida en Trieste, que esa actividad había sido neutralizada y que no volvería a repetirse. En Bosnia el caso se dio por cerrado y, en medio del año más duro de la guerra, la prioridad fue otra. Pero ningún nombre ni detalle de los supuestos cazadores llegó a un tribunal.
Durante años, el tema quedó atrapado entre los archivos y el murmullo de los supervivientes. Todo cambió en el 2022 con el estreno del documental “Sarajevo Safari”, del director esloveno Miran Zupanič. La película reunió testimonios sobre occidentales —italianos, estadounidenses o rusos— que pagaban por participar en cacerías humanas durante el sitio, y dio voz al propio Subašić. Allí se volvió a hablar de una macabra “lista de precios” donde matar a un niño costaba más que disparar a un adulto o a una mujer embarazada.
El impacto del documental fue inmediato en Bosnia. Benjamina Karić, que vivió el asedio de niña en el castigado barrio de Grbavica y fue alcaldesa de Sarajevo entre el 2021 y el 2024, presentó una denuncia penal ante la Fiscalía de Bosnia-Herzegovina, en el departamento de crímenes de guerra, contra autores desconocidos. Luego amplió la acusación con el testimonio del estadounidense John Jordan, miembro de la misión de la ONU que trabajó como bombero en la ciudad y afirmó haber visto la llegada de estos “cazadores” extranjeros. Su declaración ya fue aceptada como prueba en juicios contra generales serbios ante el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia.
En Italia, el fotógrafo y escritor Ezio Gavazzeni siguió durante años el rastro de los llamados “francotiradores de fin de semana”. Junto con los abogados Nicola Brigida y Guido Salvini, recopiló documentos de viaje, testimonios de soldados y referencias a servicios de inteligencia que apuntan a un circuito organizado de “turistas de la guerra” procedentes del norte del país. Su denuncia llevó al fiscal de Milán, Alessandro Gobbis, a abrir una causa por homicidio voluntario agravado con el objetivo de identificar a los italianos que, entre 1993 y 1996, habrían pagado por matar civiles en Sarajevo.
Gavazzeni calcula que al menos un centenar de italianos, quizá hasta 200 según algunas fuentes, pudieron participar en estos safaris humanos. Se trataría de hombres ricos, aficionados a las armas y en ciertos casos cercanos a la extrema derecha. Los expedientes hablan de sumas equivalentes a entre 80.000 y 100.000 euros actuales por pasar un fin de semana en las colinas, equipados con fusiles de gran precisión y una tabla con tarifas según el tipo de objetivo.
Mientras tanto, la población de Sarajevo trataba de sobrevivir a 1.425 días de sitio. Muchos recuerdan que los fines de semana eran especialmente mortales, algo que para supervivientes como el editor de vídeo Džemil Hodžić encaja con la hipótesis de la llegada de tiradores de pago. Hodžić tenía 12 años cuando un francotirador mató a su hermano de 16. Hoy dirige el proyecto Sniper Alley Photo, una serie de entrevistas con fotógrafos de guerra que intenta preservar la memoria de quienes murieron en aquellas calles.
Tanto Karić como Subašić insisten en que la presión pública será clave para que las fiscalías de Bosnia y de Italia avancen. El exanalista recuerda que en los archivos militares bosnios y en los del antiguo SISMI deberían seguir los interrogatorios, sus informes y las comunicaciones en las que los servicios italianos admitieron haber detectado el “safari”. La exalcaldesa asegura que, sin la convicción de que la justicia aún es posible, nunca habría iniciado esta lucha.
Tres décadas después, el caso de los safaris humanos en Sarajevo vuelve a abrir una herida que el tiempo no logró cerrar. Si los tribunales consiguen poner nombre y rostro a quienes convirtieron el sufrimiento de una ciudad cercada en entretenimiento de fin de semana, no solo se hará justicia a las víctimas: también quedará al descubierto una de las facetas más extremas y abyectas de la guerra de Bosnia.










