El conflicto se centra en la provincia de Kivu, controlada por el grupo rebelde Movimiento 23 de Marzo (M23), con apoyo de Ruanda, y donde también operan las islamistas Fuerzas Democráticas Aliadas. Los enfrentamientos bélicos interrumpen gravemente las importantes tareas de rastreo, evaluación y respuesta sanitaria contra el ébola.
La violencia está provocando desplazamientos masivos de población, lo que incrementa el riesgo de que personas expuestas al virus lleguen a campamentos superpoblados. Además, los ataques a instalaciones médicas y la dificultad para acceder a las zonas afectadas principalmente Ituri, Kivu del Sur y Kivu del Norte, hacen “casi imposible rastrear los casos y sus contactos”, lamentó la OMS.
Ante esta situación, la Organización Mundial de la Salud (OMS) exige un “alto el fuego inmediato” por parte de todas las partes dentro del conflicto para poder contener la epidemia. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, enfatizó en X (anteriormente Twitter) que “No podemos generar confianza en las comunidades ni aislar a los enfermos mientras caen bombas”.
Instó a priorizar la “supervivencia humana por encima de cualquier otra cosa”. El director tiene previsto coordinar las operaciones de respuesta en el país, y solicitó que se garantice un acceso seguro y sostenido para los equipos médicos.
El máximo responsable de la OMS advirtió que el este de la República de Congo se encuentra en una “colisión catastrófica entre enfermedad y conflicto”, con un brote de ébola que “avanza más rápido que la respuesta sanitaria”.
Cabe destacar que la cepa actual es la variante Ébola Bundibugyo, que carece de tratamientos o vacunas específicas y posee una tasa de letalidad de entre el 30 % y el 50 %. Esta variante es menos letal que la conocida Ébola Zaire (con tasas de fallecimiento del 60 % al 90 % en brotes previos), para la cual sí existen vacunas y tratamientos.


