La Tribuna que cambia el juego

Teodora Vera, la lideresa avá guaraní que impulsa mejoras en su comunidad

A Teodora Vera, 55 años, se la escucha antes de verla: su voz firme llega desde el patio donde ceba mate y mira, como cada mañana, el borde verde que…

| Por La Tribuna
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15 July 2025. Y’aka Poty Indigenous community, Curuguaty, Canindeyú, Paraguay. Teodora Vera, an indigenous rural woman, participant of the PROEZA project (Pobreza, Reforestación, Energía y Cambio Climático).

A Teodora Vera, 55 años, se la escucha antes de verla: su voz firme llega desde el patio donde ceba mate y mira, como cada mañana, el borde verde que rodea Y’aka Poty. “Para nosotros, el bosque es sagrado: de él obtenemos nuestras medicinas, leña, todo”, dice. En Canindeyú, el bosque es una casa con muchas habitaciones: cedros como paredes, hojas y ramas como techos, y una cubierta que retiene humedad y devuelve nutrientes.

Elegida lideresa por su comunidad avá guaraní, Teodora aprendió a dirigir mirando, preguntando y, sobre todo, escuchando. Su liderazgo se mide en hechos: gestionó pensiones, escuela renovada y viviendas sociales en Y’aka Poty y dos comunidades vecinas. En el 2023 logró una cisterna de 10.000 litros: menos caminatas al arroyo contaminado y más tiempo para cultivar, estudiar y cuidar.

En Y’aka Poty viven unas 35 familias que avanzan desde la chacra tradicional hacia modelos de agroforestería. Allí, reforestar es abrir surcos, plantar, regar, podar y volver a empezar. “Mi sueño, como lideresa, es que mi comunidad salga adelante”, resume Teodora. Sabe que el contexto es duro: entre el 2010 y el 2020 Paraguay perdió 347.000 ha de bosque por año y el clima es más hostil.

El impulso llegó con Pobreza, Reforestación, Energía y Cambio Climático (Proeza), una alianza del Gobierno, el Fondo Verde para el Clima y la FAO que une protección social y acción climática. El programa selecciona a hogares ya participantes de Tekoporã y ofrece incentivos ambientales y asistencia técnica para transitar hacia producciones resilientes. La lógica: pagos condicionados —60% de supervivencia, diversidad y podas adecuadas— más acompañamiento en suelo, semillas y herramientas. Así, el ingreso seguro se combina con metas ambientales concretas.

En la práctica, la bisagra fue técnica. La fase de limpieza y preparación de la tierra, la más cara y desalentadora, dejó de ser un muro cuando llegaron maquinaria y equipos. Con ese empujón eligieron entre seis modelos de agroforestería. Y’aka Poty optó por una combinación que integra árboles nativos, cítricos y especies de crecimiento rápido. En ese esquema, el eucalipto actúa como cortaviento, provee leña sostenible y ayuda a crear un microclima más estable para nativos y cítricos. Las podas dan leña y los residuos alimentan el suelo.

El bosque-escuela suma saberes ancestrales: plantas medicinales, sombra para la yerba mate y respeto por los tiempos de cada especie. Las abejas hallan néctar en flores de cítricos en las primeras heladas, y las franjas mixtas de mandioca, frijoles y maíz aseguran comida e ingresos mientras los árboles maduran. En la casa de Teodora, vender sandías, maíz y mandioca paga combustible, uniformes y, cuando se puede, carne para la mesa.

Nada de esto ocurrió de golpe. La constancia —limpiar hileras, controlar enredaderas, podar sin lastimar— ya es rutina compartida. El paisaje cambia: menos suelo desnudo, más raíces sosteniendo la tierra y más sombra sobre huertos y colmenas. No es solo estética: con Proeza se estima almacenar 2,2 millones de t de CO₂; ya reciben apoyo casi 1.500 hogares y la meta es 8.300 familias en ocho departamentos.

La inclusión sostiene la estrategia: más de la mitad son de Pueblos Indígenas y cerca del 80% son mujeres. Desde el 2022, la Red de Lideresas Indígenas se reúne dos veces al año para compartir experiencias y traducir necesidades en propuestas. Teodora encontró ahí un espejo y un altavoz: “Aprendí que las mujeres vemos primero lo que falta: comida, medicinas, agua”. Desde ese aprendizaje, su liderazgo también gestiona políticas públicas de cercanía.

Teodora no romantiza el futuro; lo trabaja. “Antes, cuando el bosque era grande, no teníamos que comprar; ahora que desaparece, el agua y el pescado escasean”, advierte. Por eso insiste en plantar hoy lo que sus nietos cosecharán mañana. En el corredor verde junto a su casa, naranjos jóvenes crecen protegidos por eucaliptos y acompañados por yerba mate. En ese hogar forestal, cada especie tiene una función y todas cuentan la misma historia: cuando la protección social se alía con el conocimiento local y la asistencia técnica, la pobreza retrocede y el bosque vuelve a ser casa. “El bosque es nuestra vida”, repite, mientras el mate pasa de mano en mano. En Y’aka Poty, cada jornada suma: plantar, cuidar, medir avances. Así crece el bosque y, con él, la dignidad de una comunidad plena.

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