Locales

El corazón del barrio que sigue latiendo detrás del mostrador

En medio de la expansión de minimercados y supermercados, las despensas tradicionales continúan abiertas gracias al esfuerzo de quienes las sostienen…

| Por La Tribuna-
Agregar La Tribuna en

En medio de la expansión de minimercados y supermercados, las despensas tradicionales continúan abiertas gracias al esfuerzo de quienes las sostienen, a precios competitivos y con un vínculo cotidiano con el vecino, que ninguna góndola de las grandes cadenas puede ni podrá reemplazar.

La balanza descansa sobre el mostrador como si el tiempo no hubiera pasado. Detrás del vidrio, las golosinas se apilan en frascos transparentes, que son los mismos que doña Zulma ya tenía cuando sus vecinos de 30 años eran unos niños. Por razones misteriosas, no se estropean, aunque los caramelos sí actualizaron sus formas, colores y sabores.

El saludo llega antes que el intercambio comercial, mientras ese característico olor a galleta cuartel y yerba invade el espacio escasamente iluminado, pero puramente hogareño. En los barrios, todavía existen aquellas despensas que conservan una forma de comercio a la que parece no importarle la vorágine en la que vivimos hoy.

Más allá de los crueles mandatos de la economía, el negocio sigue vivo gracias a la constancia y al trabajo silencioso de quienes no se resignan a bajar la cortina de hierro definitivamente.

En la esquina de Marcelo Onieva y Teniente Miranda, la despensa San Cayetano, de Zulma Quintana Rodríguez, lleva dos décadas siendo parte del paisaje cotidiano. No es solo un punto de venta: es un lugar donde se conoce al cliente por su nombre. “Hace 20 años que tengo mi despensa y pienso seguir siempre”, dice con la firmeza de quien atravesó varias crisis, pero nunca abandonó.

Minimercados perjudican la venta barrial

El movimiento ya no es el de antes. Según cuenta, hoy atiende entre 20 y 25 clientes por día, una cifra que quedó lejos de los años en los que la despensa era casi la única opción en el barrio. Y es que la llegada de los minimercados modificó hábitos. “Desde que vinieron estos minisúper nos bajó mucho la venta”, explica, sin dramatizar, aceptando la realidad que no eligió, pero que enfrenta con valentía.

Una de las creencias más extendidas es que las despensas venden más caro que los supermercados. Sin embargo, la experiencia de quienes sostienen estos comercios dice otra cosa. “Hay muchos productos que nosotros vendemos a menor precio”, señala Zulma. Aun así, competir con la publicidad y la lógica del consumo masivo no es sencillo.

La historia se repite, con matices, en la despensa Zona Vip, atendida por Pedro Benítez en las calles Cañadón Chaqueño y Última. El local tiene 40 años de trayectoria y es una herencia familiar.

El negocio pertenecía a su abuela, luego pasó a manos de un tío y, desde hace seis meses, Pedro decidió hacerse cargo. “Le ofreció la despensa a otros familiares, pero no se animaron porque dicen que es esclavizante”, relata. El tiempo, reconoce, es una de las mayores exigencias del oficio, aunque también tiene sus recompensas.

Contra los pronósticos más pesimistas, la clientela sigue estando. Pero según Pedro, el principal obstáculo no es la falta de compradores, sino la competencia desigual. “Lo que nos perjudica son los minimercados que se abrieron”, dice en coincidencia con la anterior entrevistada.

Precios justos sin marketing

Citando un ejemplo concreto, el despensero cuenta que vende la pechuga de pollo a G. 17.000 el kilo, mientras que en el súper ronda los G. 25.000. La diferencia, explica, está en el marketing. “Ellos te enganchan con algunos productos en oferta y después ya tenés todo a mano”, resume, describiendo una estrategia que los desfavorece.

Más allá de los números, ambos coinciden en un aspecto central: el dinero que se gasta queda en el barrio, vuelve a circular entre vecinos, reforzando la economía vecinal.

Mantener una despensa abierta implica resistencia. No solo frente a la competencia, sino también frente a las crisis económicas que golpean con más fuerza a los pequeños comerciantes. Aun así, la decisión de seguir está tomada. “Si Dios me da fuerzas, voy a seguir. Lucho mucho para seguir vendiendo, y de todo vendo, gracias a Dios”, dice Zulma.

Pedro comparte esa convicción. “Voy a mantener la despensa hasta que me den las fuerzas”, asegura.

En tiempos de consumo acelerado, las despensas son refugios de cercanía y memoria. Y mientras haya alguien dispuesto a sostenerlas, el corazón del barrio seguirá latiendo.

También te puede interesar

Últimas noticias