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Joven impulsa su comercio propio con valores aprendidos en familia

En medio del ritmo incesante del Mercado 4 y del clima festivo que anticipa las fiestas de fin de año, Alfredo Aguilar, de solo 25 años, sostiene su …

| Por La Tribuna
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En medio del ritmo incesante del Mercado 4 y del clima festivo que anticipa las fiestas de fin de año, Alfredo Aguilar, de solo 25 años, sostiene su pequeño imperio comercial con una convicción clara: no siempre es el dinero el que abre las puertas, sino la palabra cumplida, el esfuerzo diario y los valores aprendidos en familia.


El Mercado N.º 4 late con un pulso más intenso que se costumbre en esta época del año. Pasillos llenos, voces que se cruzan, carriteros apurados y un movimiento que no se detiene desde temprano. Lo festivo del ambiente es innegable: colores, música, promociones y una energía particular que se siente en cada puesto. En medio de ese escenario ajetreado, conocemos a Alfredo Aguilar, un joven de 25 años que atiende su negocio con una sonrisa y una rutina de trabajo a tiempo completo.
Aunque en principio pensamos que es uno de los trabajadores, es nada menos que el propietario del negocio. Otras cuatro personas trabajan a su cargo, además de su papá, Julián Aguilar, que entre bromas y en serio nos dice: “yo también trabajo para mi hijo, él es el patrón acá”.

Hace cuatro años Alfredo es propietario de su propio emprendimiento en el mercado. Se define como un humilde trabajador que se dedica a este rubro pensando siempre en el bolsillo del consumidor, pero lo cierto es que, para su corta edad, ya tiene construido un pequeño imperio comercial. “Ofrezco productos de primera necesidad y siempre le esperamos a la gente con buena onda, porque esa es la esencia del mercado: encontrar precios bajos”, afirma.

Su puesto se llama Comercial Papilú en homenaje a su abuelo, que, según nos cuenta, es el que le enseñó la cultura del trabajo y, por sobre todo, el valor de la palabra. Su objetivo es claro: ofrecer a los clientes productos económicos, accesibles y de calidad.

Un negocio con sello propio
Su tienda se distingue de entre todas a simple vista. El color naranja domina el espacio, porque Alfredo se toma el tiempo de decorar el local y, con esto, marca la diferencia. Esa presencia comercial se refleja en los uniformes que usan quienes trabajan allí, todos vestidos con remeras de color naranja. En medio de la agitada calle Battilana, ese color se vuelve parte de la identidad del negocio.
Alfredo sabe que no es sencillo poseer el capital para montar un negocio así, sobre todo siendo joven. Pero también está convencido de que, en el mundo del comercio, hay valores que pesan tanto o más que el dinero. “Pienso que hoy en día, para poder sobresalir, un comerciante no necesita tanto dinero; siempre es la palabra de un hombre lo que vale. Yo empecé gracias a mi palabra”, relata.

El camino para llegar hasta el nivel en el que hoy se encuentra no fue simple. Sin capital suficiente, muchos proveedores no confiaron en él. Aun así, decidió empezar desde cero, apostando a ser siempre serio, responsable y disciplinado. Y fue esa constancia la que lo llevó hasta donde hoy está. “Mi compromiso como comerciante me ayudó a que la gente me abra las puertas sin dinero inclusive, trayendo mercadería y yo siempre cumpliendo con los pagos”, cuenta.

Con el tiempo, la confianza se fue consolidando y hoy esos proveedores son parte fundamental de su trabajo diario.
Dentro del negocio hay un comestible que él considera su producto estrella, pues lo hacen ellos mismos: se trata del chorizo misionero, que forma parte central de su oferta y se convirtió en un sello distintivo del emprendimiento.

Orgullo de su padre y destacado en su familia

A su lado está su padre, Julián Aguilar, quien lo acompaña y trabaja con él todos los días. En su mirada se nota el orgullo de un padre que respalda con constancia y la satisfacción de ver a su hijo abrirse camino.
En medio del caos del Mercado N.º 4, el trabajo incesante y por momentos desesperante debido a la cantidad de clientes, Alfredo se permite seguir soñando, cada vez más en grande.

Su visión comercial va más allá de este puesto y de su presente. Quiere crecer y llegar a convertirse en un gran empresario, claro, sin perder la esencia que lo trajo hasta aquí: la palabra cumplida, el trabajo honesto y los valores heredados de sus antepasados.
Entre el color naranja, el chorizo misionero y la buena onda, la historia de Alfredo Aguilar demuestra que los jóvenes paraguayos tienen un inmenso potencial para construir su propio camino sin esperar nada de otros, con esfuerzo y los pies bien puestos en la tierra.

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