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La mujer que se viste de la Virgen para agradecer el milagro de su hijo

Desde los cinco años, Leonarda Arzamendia camina hacia Caacupé para cumplir una promesa que marcó su vida. Este año vuelve con el corazón lleno: su h…

| Por La Tribuna
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Cuando Leonarda reza a la Virgen, pide por todos, no solo por los suyos.

Desde los cinco años, Leonarda Arzamendia camina hacia Caacupé para cumplir una promesa que marcó su vida. Este año vuelve con el corazón lleno: su hijo sobrevivió a un accidente y volvió a caminar. Vestida con atuendos donados y una devoción que no envejece, promete seguir viniendo “mientras tenga fuerzas”.

Hay historias que avanzan al ritmo de la fe; la de Leonarda Arzamendia es una de ellas. Cada diciembre, su figura envuelta en un manto azul y blanco se abre paso entre los peregrinos de Caacupé. Ya la conocen y no necesita presentarse, pero lo hace igual, con esa humildad antigua que la caracteriza: “Mi nombre es Leonarda Arzamendia”.

La tradición de vestirse como la Virgencita Azul nació cuando tenía apenas cinco años. Hoy, 75 años después, sigue intacta, pero eso sí, el tiempo fue trayendo nuevos motivos para seguir pagando esta promesa.

Décadas pasaron, pero ni la vida adulta ni las responsabilidades pudieron detenerla. “Me casé e igualmente seguí haciendo. Esta es mi promesa”, dice.

Pero esta vez, su caminar tiene un brillo distinto. Viene con el corazón encendido para agradecer que su hijo sobrevivió a un accidente que pudo haber terminado en tragedia. “Mi hijo se salvó”, repite, como si decirlo varias veces la ayudara a creerlo. El joven volvió a caminar y continúa en tratamiento, para lo cual su madre debe comprarle numerosos medicamentos desde Argentina.

Subir la loma con la fuerza de la fe

Los gastos son difíciles, pero ella no se queja, porque el milagro más grande ya está hecho. Los demás desafíos los considera parte de una batalla silenciosa para fortalecer su fe.

Y es que esa fe no puede debilitarse, pues fue su sostén en los días más difíciles. Por eso hoy, más que nunca, siente esforzarse para subir la loma, pues hay mucho que agradecer.

Aunque las piernas ya no tengan la misma fuerza de otros tiempos, el impulso que la mueve es otro: una mezcla de amor maternal, fe profunda y gratitud infinita.

Cuando llega a la Villa Serrana, su presencia llama la atención. El manto azul, las coronas, los vestidos. Muchos de esos atuendos le llegan de regalo desde España. “Me donan mucho, me quieren las personas”, cuenta con una sonrisa que dice más que sus palabras.

Devoción viviente

Su figura ya forma parte del paisaje espiritual, sobre todo para quienes viven en Caacupé, pues asiste a la Basílica en otros momentos del año.

Leonarda no solo recibe, sino que también da en la medida de sus posibilidades. “Con lo que me alcanza, ayudo a mis prójimos”, dice, porque para ella, la fe también se practica con las manos.

Cuando reza a la Virgen, pide por todos, no solo por los suyos. “Quiero que el manto cubra a las autoridades. Deseo que toda la gente esté bien, se lo pido a Dios y a la Virgen”, expresa con ternura y devoción.

Cuando el sol cae sobre la serranía y los peregrinos comienzan a dispersarse, Leonarda reafirma la promesa que se dice a sí misma desde hace décadas: “Voy a seguir viniendo junto a Tupasy mientras tenga fuerzas”.
Y en esa determinación tranquila late el verdadero milagro: una vida entera iluminada por la fe.

Por su característico atuendo, Leonarda resalta entre la multitud y los pobladores de Caacupé ya la conocen.
Por su característico atuendo, Leonarda resalta entre la multitud y los pobladores de Caacupé ya la conocen.

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