Opinión

El fútbol se ha hecho adulto

Por: Miguel Almada Frutos.

| Por La Tribuna
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Hay una frase en “El Principito” que retrata muy bien la ansiedad que las nuevas reglas de la FIFA generan de este lado del mundo: “Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”.

A la pregunta de por qué nos gusta tanto el fútbol, las respuestas pueden ser infinitas, pero de todas ellas la que más me gusta a mí es: “porque me lleva a mi niñez”, cuando la vida entera dejaba de importar mientras jugaba en la canchita del barrio, minada de yuyos y piedras, o en la más prolija del colegio donde a falta de piedras abundaba la arena dura y la evanescente cal que la delimitaba. Sin árbitros, sin VAR, sin reglas más allá de la simple y llana que ha hecho de este deporte algo universal: hacer goles y evitarlos en el arco que toque.

Cada Mundial se inaugura con la aplicación de nuevas reglas, pero este en particular abunda en aquellas que no hacen al juego, sino al comportamiento esperable tanto de jugadores como de espectadores y hasta de relatores, durante él. Desde la prohibición para los jugadores de taparse los labios hasta las dos pausas de “cooling break” que promueven el consumo en los espectadores, pasando por la completa inhibición de blasfemar contra la FIFA, autoridades y árbitros mientras se relata el juego.

Nos molestan, sí. Nos molestan mucho porque las interpretamos como reglas urdidas en sórdidos sillones académicos por oscuros señores que o nunca jugaron al fútbol, o si lo hicieron olvidaron su quintaesencia: su vínculo umbilical con la niñez y la inocencia que ella entraña. Señores que olvidaron que fueron niños; y si fueron niños, al fútbol claramente no jugaron.

Quejándonos encendidamente de todo esto con amigos, recuerdo haber acotado que no debemos olvidar que el deporte es un fenómeno social que, como todo fenómeno, refleja los valores de cada momento histórico. Y hoy día, con el wokismo imperante, la picardía, el insulto, la viveza criolla dejó de ser visto con condescendencia picaresca, para pasar a mirarse con desprecio y total intolerancia.

La FIFA, en este contexto, no hace otra cosa que volcar al deporte los valores predominantes en las élites occidentales, haciendo del fútbol “otro deporte”, sí, pero es porque somos ya “otra sociedad”, con otros valores.¿A qué apunto? A que el problema no es la FIFA, son esos valores predominantes donde se premia la precisión, la exactitud, la justicia y la corrección absoluta, no la disrupción creativa que proviene de la originalidad de la inocencia, de la inocencia del niño que todos debemos llevar dentro, y que siempre es —como el arte— revulsiva y, para las modas de esta sociedad nueva, repulsiva.

Y es que entender dónde está el problema ayuda a apuntar mejor los dardos para combatirlo con eficacia.

A mí no me gusta el fútbol “ciencia”. Y creo que a los que vivimos en esta parte del mundo, tampoco, pero a las Yvy League, Oxford, Cambridge, Lovaina o Heidelberg, sí les gusta. Y ellos son los que mandan en el mundo de las ideas, que, al final del día, se imponen en todo lo que nos rodea. El deporte incluido.

El wokismo ha llegado al fútbol y lo ha hecho adulto, pero el fútbol no es –y nunca será– un deporte para adultos.

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