Opinión

El efecto de la idealización

Por Natalia Olmedo

| Por Natalia Olmedo
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El técnico no solo enderezó la frialdad de los números, sino que logró un hito mucho más complejo: resucitar la confianza de todo un país.MIGUEL GUTIÉRREZ

Toda relación atraviesa una inevitable etapa de fascinación en la que los errores se relativizan, las virtudes parecen infinitas y el futuro promete siempre mucho más de lo que el presente puede ofrecer. La psicología clínica define este fenómeno como el “efecto de idealización”, una fase efervescente donde las emociones aplastan sistemáticamente a los hechos.

Como bien apuntó el periodista deportivo Rodrigo Mendoza, algo similar ocurrió con la selección paraguaya desde el desembarco de Gustavo Alfaro en el banquillo. El técnico no solo enderezó la frialdad de los números, sino que logró un hito mucho más complejo: resucitar la confianza de todo un país. Un equipo anímicamente devastado recuperó su identidad, volvió a competir con fiereza y rompió con lo que durante dieciséis años pareció una condena perpetua: el ansiado regreso a una Copa del Mundo.

Lo hizo, además, transformando por completo el rumbo en las Eliminatorias, despegando del fondo de la tabla y sellando la clasificación montado en una racha de nueve partidos invicto, con triunfos épicos ante gigantes como Brasil, Argentina y Uruguay.

Sin embargo, los Mundiales hablan otro idioma y no perdonan la complacencia. Paraguay logró avanzar a la siguiente ronda como uno de los mejores terceros de grupo, cumpliendo el objetivo matemático, pero dejando en el césped un rendimiento que sembró sensaciones encontradas.

Es exactamente aquí donde comienza la etapa más árida y decisiva para cualquier proyecto deportivo, porque sostener la ilusión exige herramientas muy distintas a las que se usaron para construirla.

En el deporte de alto rendimiento existe un concepto vital llamado “resiliencia competitiva”, que no consiste en el milagro de ganar siempre, sino en la entereza de mantener la convicción cuando la realidad golpea y aparecen las primeras dudas.

Es el momento bisagra en el que los procesos dejan de sostenerse por la simple emoción del inicio y empiezan a medirse por su capacidad real de corregir, evolucionar y responder ante la adversidad. Ni Alfaro era un genio invulnerable por clasificarnos a la cita máxima, ni se ha convertido de pronto en un estratega incapaz por firmar una fase de grupos con altibajos.

El gran problema es que las sociedades, al igual que las hinchadas, suelen oscilar crónicamente entre dos extremos tóxicos: idealizan de forma desmesurada y, ante la primera grieta, condenan con crueldad.

En ambos escenarios, el análisis racional queda sepultado por el capricho emocional. La realidad es que hoy no pasa por defender ciegamente a un entrenador por simple gratitud histórica, ni por cuestionarlo implacablemente por un resultado gris.

El paso a la madurez exige comprender que los procesos deportivos serios no se sostienen sobre la euforia ni sobreviven a partir del desencanto; se sostienen sobre la capacidad de aprender, incluso cuando la realidad no coincide exactamente con nuestras expectativas iniciales.

Porque las grandes selecciones no se forjan únicamente en las noches de clasificación abrazados a la épica, sino en la templanza con la que descubren qué hacer cuando el entusiasmo inicial deja paso a las preguntas incómodas.

Jaha katu hese, pe arandu ou tekoasýgui!

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