Opinión

La huella de un padre

Por: Pablo Noé. Jefe de Prensa de La Tribu 650 AM.

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Son las diez de la noche y una luz sigue encendida en una casa cualquiera del Paraguay. La cena terminó hace rato, los cuadernos quedaron cerrados sobre la mesa y el silencio se instaló lentamente en cada habitación. Un hombre llega después de una jornada larga. Tal vez manejó un camión durante horas, atendió un comercio, trabajó en una oficina o pasó el día bajo el sol en una chacra. Entra despacio para no despertar a nadie y encuentra a sus hijos dormidos. Los observa apenas unos segundos, acomoda una manta, apaga una luz que quedó encendida y se prepara para descansar. En pocas horas, volverá a levantarse para empezar de nuevo.

Durante generaciones, esa escena definió buena parte de la paternidad paraguaya. Nuestros padres y abuelos crecieron en una cultura donde el amor rara vez se expresaba con palabras y donde el afecto solía manifestarse de otra manera: trabajando. Eran hombres educados para cumplir, para sostener a sus familias y para enfrentar las dificultades sin demasiadas explicaciones. Muchos salían de sus casas antes del amanecer y regresaban cuando los hijos ya estaban durmiendo. No porque no quisieran compartir más tiempo con ellos, sino porque creían que su responsabilidad principal era garantizar que al día siguiente no faltara nada sobre la mesa.

Esa forma de entender la paternidad ayudó a construir el Paraguay que conocemos. Detrás de miles de familias hubo hombres que renunciaron a comodidades, multiplicaron jornadas laborales y enfrentaron incertidumbres económicas para ofrecer oportunidades que ellos mismos muchas veces no tuvieron. La figura del padre estuvo asociada al sacrificio, al esfuerzo silencioso y a la capacidad de seguir adelante incluso cuando las circunstancias parecían adversas.

Pero esa no es la única historia que existe. Junto a los padres presentes conviven otras realidades. Existen hijos que crecieron con una silla vacía en la mesa, esperando llamadas que nunca llegaron o visitas que se fueron espaciando hasta desaparecer. Existen también miles de madres que asumieron solas la responsabilidad de criar, educar y sostener económicamente a sus hijos. Son historias que forman parte de la realidad paraguaya y que recuerdan que la paternidad no se define únicamente por un vínculo biológico, sino por una decisión cotidiana de estar presente.

Quizás por eso las nuevas generaciones se están replanteando qué significa ser padre. Trabajar y proveer siguen siendo responsabilidades fundamentales, especialmente en un país donde llegar a fin de mes continúa siendo un desafío para muchas familias. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que eso ya no alcanza por sí solo. Los hijos necesitan acompañamiento, escucha, tiempo compartido y participación activa en su crecimiento. Necesitan una figura que esté presente no solamente cuando hay que resolver problemas, sino también cuando hay que celebrar logros, escuchar preocupaciones o simplemente compartir una conversación cualquiera al final del día.

En ese sentido, una de las transformaciones más profundas que atraviesa hoy la sociedad paraguaya ocurre lejos de los discursos políticos y de las estadísticas; ocurre dentro de las casas. En padres que asisten a reuniones escolares, que acompañan entrenamientos, que ayudan con tareas, que aprenden a expresar afecto de maneras que quizás ellos mismos no recibieron cuando eran niños. No se trata de ser mejores que las generaciones anteriores, sino de responder a desafíos diferentes.

Hoy, que se celebra el Día del Padre, muchos recibirán abrazos, mensajes o dibujos hechos en la escuela. Será una oportunidad para agradecer a quienes hicieron del esfuerzo una forma de amor, pero también para recordar que la verdadera medida de la paternidad no está solamente en lo que un hombre logra construir para sus hijos, sino en la huella que deja en sus vidas. Porque hay padres que marcan para siempre por su presencia y otros que también lo hacen por su ausencia. Y pocas decisiones tienen un impacto tan profundo como elegir estar.

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