Opinión

Ley que restringe redes sociales en menores de 16: ¿es viable?

Eugenia Peroni

| Por La Tribuna
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¿Cuál es el sustento real detrás de esta decisión y estamos preparados como país para aplicarla?

¿Entendemos realmente lo que implica prohibir el uso de redes sociales en menores de 16 años? ¿Esperamos que los adolescentes simplemente acaten la medida o que reaccionen como en Australia, donde miles salieron a manifestarse tras una regulación similar? ¿Somos conscientes, como adultos, de que somos el ejemplo de nuestros hijos en cada interacción —y también en cada no interacción— con la tecnología? Desde hace tiempo, etiquetamos a los jóvenes como generación “nini” o generación de cristal, sin reconocer que somos nosotros los adultos quienes los criamos y educamos.

Más allá del debate político o legislativo, la pregunta central debería ser otra: ¿cuál es el sustento real detrás de esta decisión y estamos preparados como país para aplicarla? Una ley de esta magnitud no puede sostenerse solo en la prohibición. Necesita herramientas concretas: campañas de concientización para padres, educación digital en escuelas y estrategias familiares que expliquen por qué las redes sociales capturan tanto la atención de niños y adolescentes y cómo salir de esa “caja negra” que concentra información infinita, pero que muchas veces empobrece el conocimiento.

Las razones por las cuales un niño se pierde en un celular y un adolescente en las redes son múltiples. En muchos casos, la restricción puede ser necesaria, porque el ecosistema digital está diseñado para capturar la atención de manera permanente. Para entenderlo, imaginemos esta escena: a principios de los 2000, nuestros padres nos hubieran encerrado en una habitación sin posibilidad de interactuar, con acceso a revistas pornográficas, algo de marihuana y auriculares que repiten: “No sos lo suficientemente linda. Tenés exceso de peso. Si tenés un grano, nadie te va a querer. Hay personas mucho más felices y perfectas que vos”. En esa habitación, un hombre desconocido nos observa, esperando aprovecharse de nuestra vulnerabilidad.

¿Dejaríamos a nuestros hijos en una habitación así? Sin embargo, algo parecido ocurre cuando un menor navega sin límites en el universo digital. Quizás el contenido es permitido, pero limita sus conexiones neuronales. Vivimos en una sociedad que sobreprotege a los niños en el mundo físico, pero los desprotege en el virtual. No están expuestos físicamente, pero sí mental y emocionalmente.

Cada segundo con un teléfono en la mano es un segundo menos de juego, interacción real, conversación, exploración del mundo y aprendizaje profundo. En particular, cada segundo frente a redes sociales puede generar efectos documentados, como alteraciones del sueño, conductas adictivas, comparación social, aumento de ansiedad y depresión, problemas de autoestima e imagen corporal —especialmente en mujeres adolescentes—, dificultades en atención y regulación emocional, y exposición a ciberacoso o contenido violento. La evidencia sobre estos efectos es cada vez más consistente.

Por eso, el debate no debería centrarse únicamente en si prohibir o no, sino en cómo hacerlo y con qué herramientas acompañar esa decisión. Si el país no cuenta con mecanismos de control, educación digital y acompañamiento familiar, la ley corre el riesgo de ser bien intencionada pero difícil de aplicar. Tal vez la pregunta más importante no sea si debemos restringir las redes sociales, sino si estamos preparados como sociedad para asumir la responsabilidad que implica hacerlo.

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