Opinión

El orden mundial posterior a 1945 cede ante una lógica unilateral

Por: Miguel Almada

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Las guerras de Ucrania, Gaza y, más recientemente, Irán son más importantes por lo que representan que por lo que son: el fin del mundo ex post 2° Guerra Mundial con sus instituciones, reglas y sanciones para prevenir y gestionar conflictos, y el inicio de otro basado en la unilateralidad del más fuerte y la aniquilación o supervivencia del más débil.

Volvemos así a lo que ha sido la regla de la interacción humana en los últimos 4.000 años, luego ni es nuevo, ni es algo tan terrible a lo que no podamos adaptarnos, quizá en desmedro de algunas prerrogativas que creíamos conquistadas inexorablemente, pero en definitiva sin cambios sustanciales en nuestro régimen de libertades.

Y es que si bien es cierto que Ucrania, Gaza o Irán no alterarán nuestros usos y costumbres locales, sí que lo es que la vuelta al modo “matón” de hacer política internacional –al mundo de siempre-, si incita a reflexionar sobre la autoridad y los límites del comportamiento humano.

La autoridad concentrada es más eficiente que la desconcentrada desde el punto de vista de los resultados técnicos que arroja, y esto cualquiera que tenga o trabaje en una actividad humana lo sabe: muchos caciques y pocos indios; es un comité, no un grupo enfocado a la acción. O sea, sirve como útil herramienta para no tomar decisiones o ralentizarlas tanto que cualquiera que se tome sea inocua al propósito pretendido, o porque llegó demasiado tarde o porque es un simple mosaico de posiciones avenidas, pero sin calado para determinar ningún rumbo al actuar.

Sin embargo, la autoridad desconcentrada es más eficiente que la concentrada desde el punto de vista de los resultados morales de las acciones que desemboque, porque la historia nos enseña persistentemente que, si bien la autoridad es algo bueno y pretendido por cualquier sociedad humana, cuando se concentra, se descontrola y, sin controles, tiende a ser abusiva y, muchas veces –las más–, criminal.

Estamos delante de la paradoja de la autoridad. Mucha, es un problema moral. Poca, es un problema técnico, de eficiencia.

A lo largo de los siglos esta paradoja ha merecido la atención de pensadores de la talla de Aristóteles, Platón, Tomás de Aquino, la insigne escuela de Salamanca del siglo XVI que creó el derecho de gentes, actualmente conocido como “derecho internacional”, Locke, Hobbes, los ilustrados franceses, Marx, Weber, Arendt o Easton, entre tantos otros.

La tesis de moda en la actualidad es la republicana, 3 poderes equilibrados y en recíproco control, aunque no la única. Los sistemas monárquicos tienen 5 poderes cuya legitimidad de origen varía en cada caso: el rey por un lado, y junto a él el jefe de gobierno, el parlamento, los tribunales ordinarios y un tribunal que no es jurídico, sino político: el Tribunal Constitucional.

Previo a la Revolución Francesa, los poderes eran aún más: junto al rey, el Parlamento o Estados Generales, como lo llamaban en Francia, la Iglesia, las ciudades con sus fueros, los gremios de oficios y los señores de cada territorio. Luego, uno de los grandes mitos que nos enseñaron en la escuela es que, previo a la revolución, lo que existía era el absolutismo monárquico: ¿cómo puede ser absoluto el poder de un rey que tenía no menos de 5 controles? Siguiendo esta lógica absurda de los manuales del Ministerio de Educación, el de un presidente de una república que solo tiene 2 no es solo absoluto, sino tiránico.

El hombre, así, consciente de su tendencia natural al abuso de poder, aprendió a contenerse poniéndose a lo largo de los siglos varios controles recíprocos entrecruzados en régimen de equilibrio, o cierto equilibrio. Y las veces que no siguió esta receta, el resultado fue, casi siempre, devastador: La Vandee en Francia, los Cristeros en México, los campos de concentración en el este de Europa, los gulak en la Unión Soviética o el Plan Cóndor en América del Sur.

Nos tocó vivir una época interesante: el final del experimento de la multilateralidad y el principio –la vuelta, mejor– al mundo de siempre, el de la unilateralidad. El final de una época de desconcentración de la autoridad (“descentralización”, por ejemplo, es un vocablo que a los paraguayos nos encanta), por otra de concentración en aras de la eficiencia, de la paz, la justicia, el orden y el progreso de las naciones. Claro, de unas más que otras, pero esa es otra historia.

Lo que pasa en el mundo político allende nuestras fronteras suele repercutir en nuestro país entre 5 a 20 años. Por lo que me animo a decir que el nuevo mundo pos-Ucrania, Gaza e Irán tendrá su versión paraguaya en forma de refuerzo de la autoridad presidencial, la merma del inmenso poder que la Constitución de 1992 dio al Congreso Nacional y un regreso a la tradición constitucional paraguaya de 100 años de que los altos cargos del Poder Judicial los designe el Poder Ejecutivo, con alguna participación del Congreso para salvar las formas que la pluralidad, diversidad y participación exigen.

Porque, a no olvidar: las formas importan en cualquier sistema político. Tanto que muchas veces son el contenido.

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