Debo confesarles que este tema me fascina. He leído todo lo que pude sobre el asunto, escribí acerca de él y algunos de sus paradigmas los utilicé en campañas políticas locales en las que participé como colaborador en materia de comunicación. Lo anoto de entrada para que vean que no soy un improvisado en esta cuestión.
Voy a graficarles cómo lo imagino. Para mí, el carisma es como el dedo de Dios a punto de tocar el vacilante dedo de Adán en el fresco de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina. Ese instante previo al contacto, esa chispa suspendida en el aire, es el carisma. Es el toque que reciben algunos —muy pocos— y que los convierte en personas magnéticas, en triunfadores natos, en líderes que arrastran multitudes y, a veces, las someten a su voluntad.
Una de las definiciones más completas que trae Google señala que el carisma “no es solo un don innato, sino una habilidad desarrollable que genera admiración y conexión, transmitiendo seguridad sin necesidad de palabras”. Disiento, aunque no del todo. Creo que puede aprenderse, sí, pero es muy difícil. Tiene que existir materia prima.
Además del toque divino, hay ingredientes propios que varían según múltiples factores. Sin embargo, hay uno que aparece con frecuencia: la belleza. Increíble, ¿verdad? Por supuesto hay excepciones —Winston Churchill, por ejemplo—, pero luego uno mira a Giorgia Meloni, a Bukele, al mismo Milei con sus ojos verdes y su pelo crespo, a Santi que inspiró un piropo a Donald Trump… lo menciono apenas como anécdota pintoresca.
En Paraguay, estudiando casos de líderes carismáticos, habría que agregar otro condimento: un aura de picaflor, mujeriego, tie’ỹ en guaraní, “otrata kuaa va’erã la kuñáme”... Ahí tienen a Lino O, a Euclides, al mismo Nicanor…
Claro que advierto que estoy hablando del carisma en la política, donde esa mezcla de seducción y poder opera con especial intensidad.
Pero este don también está presente en otras manifestaciones humanas. En los artistas, por ejemplo. Ahí están los Beatles, los Rolling Stones, y más cerca Palito Ortega, Leo Dan o Leonardo Favio con su “Hoy corté una flor… y llovía, llovía”. ¿Quién no se imaginó alguna vez en esas circunstancias? Y ya en este tiempo, el carisma irrebatible de Shakira, “la loba”…estoy omitiendo muchos nombres en favor del espacio.
Debo cerrar con una observación curiosa, digna de un análisis más riguroso: los líderes carismáticos casi nunca dejan herederos. Llegué a pensar que se creen inmortales. Pero les llega la hora y se van como cualquier hijo de vecino. Y entonces, casi siempre, quedan hijos —biológicos o políticos— desorientados, sin una pizca del talento original. Habrá excepciones, desde luego, pero son raras.
Cuando esto ocurre en una empresa privada, el daño se restringe a ese ámbito. No sucede lo mismo en la política. Cuando un líder carismático desaparece de pronto, se derrumban imperios, se vacían centros de poder, se desorientan multitudes que habían depositado en una sola persona todas sus certezas.
Ahora bien, en pleno siglo XXI asoma un elemento nuevo que merece ser incorporado a esta reflexión: la inteligencia artificial. Vivimos tiempos en que algoritmos toman decisiones, escriben discursos, diseñan estrategias y hasta modelan emociones colectivas. En ese escenario, cabría preguntarse si el carisma seguirá siendo decisivo o si será reemplazado por la eficiencia fría de las máquinas.
Se vienen otros mundos, sin duda. Mundos hiperconectados, automatizados, imprevisibles. Pero desde nuestra experiencia humana más profunda seguirá siendo necesario el líder capaz de transmitir visión, coraje y sentido. La inteligencia artificial podrá procesar datos infinitos; lo que aún no puede fabricar es esa chispa casi mística que enciende voluntades.
Pero mientras existan comunidades que busquen rumbo, siempre habrá espacio para el carisma. Porque, al final, ninguna sociedad avanza solo con algoritmos: avanza cuando alguien logra tocar el alma de los demás. Ojalá no nos equivoquemos…


