A las cuatro y media de la mañana, cuando la ciudad aún duerme, don Víctor Jara Barrios, de 84 años, ya está de pie. Prepara su mate, desayuna y, antes de que los primeros rayos del sol iluminen las calles Tte. Gómez de la Fuente y Albino Maciel, ya empuña su rastrillo y sus bolsas de residuos. Para él, mantener limpia y viva su cuadra no es una obligación, sino una misión de vida que abraza de manera voluntaria desde hace exactamente cuarenta años.
Antes de convertirse en el guardián verde de su vecindario, don Víctor trabajó 33 años como pintor en una fábrica de muebles de Asunción y colaboró con su madre en la Escuela República de Chile. Al jubilarse, buscó una actividad para mantenerse en movimiento. “Fue para tener movimiento y no estar de balde”, confiesa con humildad. Lo que comenzó como un pasatiempo se transformó en un frondoso jardín urbano que hoy oxigena varias casas del barrio que muchos recuerdan como Santo Domingo.
<b>Ausencias transformadas en vida y comunidad</b>
El camino no ha estado exento de dolores. El paso del tiempo deja huellas profundas y don Víctor ha tenido que despedirse de seres muy queridos, incluyendo la partida de su compañera de vida y amigos. Entre sus recuerdos más preciados está el de aquel vecino de al lado con quien plantó varios árboles que hoy ya están frondosos en la vereda. “Hace cuatro años que él partió, ya descansa en paz”, relata contemplando el verdor que hoy se erige como un monumento vivo a esa amistad.
Sin embargo, la soledad nunca marchitó su voluntad. La vida le trajo un nuevo compañero: su hijo, también jubilado, quien se mudó con él para ayudarlo. Juntos forman un equipo. Mientras don Víctor barre y pinta veredas y árboles, su hijo Víctor Hugo cuelga carteles con frases inspiradoras. Además, su persistencia logró el apoyo de tres vecinos que colaboran con insumos para su labor: la despensa de la esquina, un estudio de arquitectura y una vecina chef italiana. Ellos le proveen las bolsas de basura, los rastrillos o las escobas que utiliza a diario, un gesto de gratitud plasmado en un cuadro de reconocimiento otorgado por algunos vecinos que don Víctor muestra con enorme orgullo.
<b>La salud como premio y un legado verde</b>
Con absoluta precisión, el hombre enumera las variedades que crecen bajo su diario cuidado: frutales como araticú, pomelo, mandarina, apepú y mangos, junto a especies nativas como tajy, mirto y guapo’y. Toda esta biodiversidad sobrevive gracias a su atención minuciosa. “Siempre me gustó la naturaleza y no quiero ver ni un solo papel tirado por el suelo”, afirma con una rigurosidad que mantiene por las tardes, cuando vuelve a repasar la zona tras leer su diario y aplacar el calor con un tereré.
A sus 84 años, su vitalidad asombra a cualquiera. Al preguntarle el secreto de su bienestar, él no duda en señalar su jardín. Para este pintor jubilado, el verdadero pago por su esfuerzo viene desde arriba. “El trabajo lo hacemos de manera voluntaria y la mayor retribución es la salud que tengo. Ese es el premio que Dios me da”, asegura con profunda fe. La historia de don Víctor es un faro de esperanza que busca inspirar. Su mayor deseo es que otros ciudadanos miren su vereda y decidan imitar su tarea voluntaria para tener, entre todos, una mejor ciudad y un medioambiente custodiado.
La palabra del día
“Altruismo”
Definición: Tendencia a procurar el bien ajeno de manera desinteresada.
El altruismo define a la perfección la labor voluntaria de don Víctor. Al cuidar su cuadra cada mañana, no busca un beneficio económico sino el bienestar de su comunidad. Este esfuerzo fue reconocido por sus vecinos y a él le otorgó como recompensa una salud envidiable, demostrando que proteger nuestro medioambiente es, en definitiva, la mejor manera de cuidar de nosotros mismos.


