La Tribuna que cambia el juego

Comedor Divino Niño, 23 años alimentando la esperanza con dignidad

Villa Elisa cobija un rincón donde la solidaridad se cocina a fuego lento. Modesta Chamorro, una mujer que cambió los perfumes por el aroma del guiso solidario, celebra 23 años de entrega incondicional, transformando el hambre de cientos de niños en sueños de dignidad y un futuro posible.

| Por La Tribuna
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Alimentando el futuro de Villa Elisa: Modesta sostiene que cada niño merece ser tratado con máxima dignidad. Manos voluntarias que hacen posible este milagro solidario.

En el barrio 29 de Septiembre de Villa Elisa, el movimiento comienza temprano en la cocina de Modesta Chamorro. Lo que inició como una respuesta espontánea al hambre de dos niños hoy es una estructura consolidada donde el aroma del guiso recién hecho marca la rutina de una comunidad que encuentra en este comedor algo más que un plato de comida. Esta mujer, que durante años sacó adelante a su familia mediante la venta de fragancias, descubrió hace más de dos décadas que su verdadera vocación estaba en los platos de loza blanca que hoy alimentan a 65 niños y adultos de lunes a sábados.

La historia del Comedor Divino Niño no nació en un escritorio de planificación social, sino en el polvo de una procesión religiosa. Hace 23 años, Modesta observó a dos pequeños que caminaban solos. Al preguntarles por qué no regresaban a sus hogares, la respuesta la golpeó con la fuerza de una revelación: tenían hambre. Esa carencia ajena encendió en ella una chispa que el tiempo no ha podido apagar. Lo que comenzó como un almuerzo sabatino en el patio de su propia casa, se convirtió en una cruzada personal que hoy es el pilar de una comunidad entera.

El camino no fue sencillo, pero la providencia parece tener una cuenta abierta para quienes dan sin mirar a quién. Hace poco más de veinte años, una donación de 30 millones de guaraníes proveniente de la comunidad católica Nuestra Señora de Burdeos, en Francia, permitió la compra del terreno propio.

Sin embargo, el local era apenas un sueño sobre tierra roja. Fue entonces cuando la generosidad de dos benefactores hizo posible la construcción de las paredes que hoy resguardan la dignidad de los más vulnerables. Equipar la cocina y el salón fue una tarea “a puro pulmón”, golpeando puertas, movilizando a amigos, empresas e instituciones que no pudieron resistirse a la transparencia y la fuerza de voluntad de esta mujer.

Modesta, hoy jubilada y viuda desde hace una década, ha hecho de la solidaridad su razón de existir. El ejemplo le viene de cuna: recuerda con los ojos empañados a su padre, quien en la sencillez de su hogar cocinaba locro con mandioca para invitar a cualquier caminante que pasara frente a su puerta.

Ese legado de hospitalidad paraguaya fluye hoy por sus venas y se traduce en una atención que va más allá de lo nutricional. “Tratamos a todos con respeto y dignidad”, afirma con firmeza, “porque uno nunca sabe si está sirviendo un plato de comida al futuro presidente de la República o a un cardiólogo renombrado que mañana salvará vidas”. Para ella, el hambre no es solo una necesidad física, es una herida que se cura con buen trato y esperanza.

Acompañada fielmente por su nuera, sus dos hijos y de sus seis nietos, Modesta lidera un equipo de voluntarias del barrio que no conocen de feriados ni de cansancios. Aunque el comedor ha tenido que suspender las meriendas por falta de insumos, su estructura legal y formalizada le permite seguir soñando en grande. El local no es solo una cocina, es un espacio abierto a capacitaciones, charlas y entrega de donaciones de ropa y calzado que alivian la pobreza estructural de la zona.

A sus años, Modesta Chamorro no piensa en el retiro. Su mirada está puesta en el futuro y en los sonidos que aún no habitan el comedor. Sueña con encontrar profesores de música voluntarios que quieran donar su tiempo para formar el “Coro del Divino Niño”. Ella quiere que la música sea el hilo conductor que mantenga vivo su legado cuando ella ya no esté.

Mientras tanto, asegura que seguirá al frente de sus ollas hasta el día que Dios decida llamarla, confiando plenamente en que su familia tomará la posta de este apostolado. En Villa Elisa, el Comedor Divino Niño sigue siendo el refugio donde el hambre se combate con la certeza de que nadie es tan pobre que no tenga nada que dar, ni tan rico que no necesite, al menos una vez, el abrazo de un plato de comida caliente servido con amor.

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