VisualPolitik/La Tribuna. Hace apenas siete meses, en octubre, un bitcoin valía más de 125.000 dólares y el mercado respiraba euforia. Donald Trump prometía convertir a Estados Unidos en la capital cripto del mundo y varias empresas compraban bitcoins como reserva estratégica. Pero el escenario cambió: desde entonces, la principal criptomoneda perdió más del 50% de su valor y registró su peor semana desde 2022.
La caída sorprende porque no coincide con una retirada general de Wall Street. Al contrario, las acciones vinculadas a la inteligencia artificial han volado y el mercado espera grandes salidas a bolsa, con SpaceX, OpenAI y Anthropic en el centro de la expectativa. El dinero que antes perseguía el sueño cripto hoy mira chips, robots y modelos de IA.
El primer factor tiene nombre propio: Michael Saylor. Su empresa Strategy, antes MicroStrategy, es la mayor tenedora corporativa de bitcoin, con 845.256 unidades compradas por casi 64.000 millones de dólares. Durante años, su mensaje fue comprar y no vender jamás. Por eso encendió alarmas que la firma vendiera 32 bitcoins, unos 2,5 millones de dólares. La cifra es mínima, pero el gesto fue potente: si el mayor evangelista empieza a vender, el mercado se pregunta qué puede venir después.
La venta no fue una lectura de inversión, sino una necesidad de caja. Strategy financió su acumulación con deuda, bonos y acciones preferentes, entre ellas un instrumento que paga 11,5% anual. Mientras el precio subía, el mecanismo parecía perfecto: se emitía deuda, se compraba más bitcoin, crecía el valor de la compañía y se repetía la rueda. Pero cuando la cotización cae, los compromisos siguen. Una venta pequeña puede anticipar una tensión mayor.
El segundo factor es la salida de dinero de los ETF de bitcoin al contado. Estos fondos fueron celebrados como la puerta de entrada del capital institucional: permitían comprar exposición a bitcoin desde los mercados tradicionales, sin billeteras digitales ni claves privadas. Pero esa puerta también sirve para salir. Solo en la primera semana de junio, los ETF de bitcoin en Estados Unidos registraron salidas netas por 1.720 millones de dólares, la mayor fuga en 14 meses. En cuatro semanas, las retiradas acumularon 5.400 millones.
Ese capital no se evaporó: se mudó hacia la inteligencia artificial. El inversor minorista que antes buscaba multiplicar su dinero en criptomonedas volvió a mirar la bolsa, atraído por las tecnológicas. Allí aparece una debilidad estructural de bitcoin: no tiene utilidades, ventas ni dividendos. Su valor depende de la demanda, la liquidez y la confianza. Cuando la atención se desplaza, el precio pierde fuerza.
El tercer elemento es macroeconómico y geopolítico. Bitcoin fue presentado como refugio ante la emisión monetaria y la inestabilidad global, pero en momentos de estrés el mercado lo trata más como una acción tecnológica de alto riesgo que como oro digital. Las tensiones por la guerra con Irán, el cierre de Hormuz y la suba del petróleo empujaron a muchos inversores hacia activos más seguros, como bonos del Tesoro a corto plazo.
A eso se suma la Reserva Federal. Datos de empleo más fuertes de lo esperado y una inflación persistente habilitan tasas altas por más tiempo. Para un activo que no paga intereses, ese contexto es adverso. Si el dinero puede obtener rendimiento con menor riesgo en deuda pública estadounidense, muchos reducen exposición cripto. La escasez de bitcoin, limitada a 21 millones de unidades, sigue siendo real, pero no fija precio si la demanda desaparece.
El cuarto riesgo es el efecto dominó. En los últimos años, cientos de empresas copiaron la estrategia de acumular bitcoin financiado con deuda. Si el precio no se recupera, algunas podrían vender reservas para pagar obligaciones. Esas ventas forzadas presionarían aún más la cotización y podrían alimentar nuevas liquidaciones.
Nada de esto significa necesariamente el final de bitcoin. La criptomoneda fue declarada muerta muchas veces y siempre regresó al debate financiero. Hay factores que podrían reactivar la demanda: regulación más clara en Estados Unidos, como la Clarity Act; entrada de planes 401(k); baja de tasas de la Reserva Federal; avance del dinero digital; crecimiento de stablecoins; y un mundo más multipolar.
La conclusión es concreta: bitcoin no se sostiene solo por su código ni por su narrativa de escasez. Su precio depende de demanda, liquidez y confianza. Hoy esas tres variables están debilitadas. La incógnita es si se trata de una corrección profunda antes de otro ciclo alcista o del pinchazo de la mayor burbuja especulativa del siglo.


