La Tribuna que cambia el juego

Cuando cambiar el carácter también vence obstáculos económicos

La experiencia de doña Justina con el Semáforo de Eliminación de la Pobreza es el testimonio de que cuando hay decisión los cambios son posibles. Apr…

| Por La Tribuna
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La historia de ña Justina es un testimonio de que es posible crecer, más allá de lo económico, también emocionalmente. Te invitamos a conocerla y aprender cómo ella logró “verdear” el indicador “Capacidad emocional-afectiva” del Semáforo de Eliminación de Pobreza.

La experiencia de doña Justina con el Semáforo de Eliminación de la Pobreza es el testimonio de que cuando hay decisión los cambios son posibles. Aprendió a utilizar su capacidad emocional-afectiva y cambió la dinámica de su negocio y su relación social con clientes y vecinos.

Cuando uno entra a la pequeña bodega de ña Justina en Cañiza, lo primero que ve son las estanterías llenas y, al fondo, una señora de sonrisa amplia que saluda a cada cliente por su nombre. Cuesta imaginar que esa misma mujer, hace apenas unos años, era conocida en el barrio por su carácter duro, impulsivo y “peleador”.

“Yo decía: nadie me va a cambiar”, recuerda. “Me daba cuenta de que estaba mal, pero parecía que no podía”. Durante mucho tiempo, Justina vivió así: trabajando duro en su negocio, pero sintiéndose sola, triste y dominada por la ira y los nervios. Nadie le preguntaba qué le pasaba, qué necesitaba.

Su historia dio un giro cuando conoció el Semáforo de Eliminación de Pobreza de la Fundación Paraguaya. Allí apareció un indicador que la interpeló directo al corazón: el número 47, “Capacidad emocional-afectiva”. Este indicador busca que las personas aprendan a reconocer y expresar sus emociones de forma equilibrada, comprender las de los demás y controlar sus acciones.

En el semáforo, Justina se veía en rojo: las emociones fuertes, como la ira o el miedo, dominaban su día a día y marcaban sus decisiones. Estar en rojo significa sentir que no hay manera de controlar lo que uno siente; en amarillo, las emociones siguen pesando, pero ya se intuye que hay caminos para manejarlas; en verde, la persona logra reconocer lo que siente y evitar actuar en caliente.

Su asesora, Inés, recuerda que la primera visita fue difícil. Justina estaba a la defensiva, le costaba confiar y no quería “perder tiempo” con encuestas ni charlas. “Tuve que insistir, explicarle una y otra vez”, cuenta. Detrás de esa dureza, sin embargo, había una mujer cansada de sentirse así, que en silencio pedía ayuda.

A partir de ese encuentro comenzaron a trabajar el indicador 47 con ejercicios sencillos: primero, un pequeño test para que Justina pudiera observar con honestidad qué emociones sentía más seguido —miedo, ira, tristeza, alegría, amor— y con qué frecuencia. Después, elegir en cuáles necesitaba ayuda y anotar acciones concretas para mejorar: bajar el tono de voz en una discusión, no quedarse callada con “la cara larga”, escuchar a la otra persona antes de reaccionar, evitar castigos impulsivos.

Inés le iba entregando materiales que hablaban de autoestima, serenidad y gratitud. Entre ellos, un folleto llamado “El regalo de la alegría”, pensado para emprendedoras, con cuentos, actividades y frases que invitan a valorar los pequeños triunfos y a expresar cariño dentro de la familia. Justina empezó a leer. Leía la Biblia, los materiales de la Fundación, todo lo que caía en sus manos. “La lectura es lo que más me sacó”, dice hoy.

Poco a poco, fue probando los pasos que proponía la ficha: recordar sus virtudes cuando se sentía desbordada, distraer la mente hacia un asunto concreto, pensar en su futuro con calma, posponer la preocupación para más tarde escribir lo que sentía en un cuaderno y, sobre todo, buscar el verdadero motivo de sus emociones. No era magia ni terapia cara: era práctica diaria, paciencia y mucho coraje para mirarse por dentro.

Los cambios no pasaron desapercibidos. Vecinas que antes la esquivaban comenzaron a notar que algo se había transformado. “Antes era muy impulsiva, chocante; se peleaba con todo el mundo”, cuentan. “Ahora es una persona tranquila, cálida, que se adapta y escucha”. Ella misma reconoce que el negocio mejoró cuando cambió su trato con los clientes: la bodega ya no es solo un punto de venta, sino un lugar donde la gente se siente bienvenida.

Justina lo resume de manera sencilla y poderosa: “No cuesta dinero cambiar tu carácter. Depende de vos”. Para alguien que veía su temperamento como una herencia inevitable, descubrir que tenía herramientas para manejar lo que sentía fue una verdadera revolución. Cada conversación con su asesora, cada ejercicio, cada lectura fueron, en sus palabras, “pinchazos” que la empujaban a seguir intentando.

Hoy, su indicador de capacidad emocional-afectiva está en verde. Eso significa que entiende cómo emociones como la ira, el temor o los celos pueden influir en su vida y, en general, consigue controlarlas antes de actuar. Ella se reconoce como una persona distinta: más serena, más abierta, más dueña de sí misma. “¿Qué más puedo pedir? Tengo todito lo que deseaba. Ese cambiar de carácter era lo que más quería”, dice, con los ojos brillantes.

La historia de ña Justina nos recuerda que la pobreza no es solo la falta de ingresos o de bienes materiales. También puede ser falta de contención, de escucha, de herramientas para manejar lo que sentimos. El Semáforo de Eliminación de Pobreza le tendió un mapa, pero fue ella quien decidió caminarlo, paso a paso, hasta “verdear” su propio corazón.

En su bodega, entre bolsas de azúcar y galletitas, Justina atiende, sonríe, conversa. No dejó de tener problemas —la vida diaria, el trabajo, las cuentas—, pero ahora no los enfrenta sola ni a los gritos. Aprendió que cambiar es posible y que, a veces, el primer paso para salir de la pobreza está adentro: en la capacidad de mirarse, perdonarse y elegir ser mejor cada día.

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