Historias que inspiran, enseñanzas que perduran. Eso resume el espíritu del reconocimiento “Profes que dejan huellas 2025”, impulsado por la Fundación Dequení para visibilizar a los educadores que, desde el aula y la comunidad, sostienen la esperanza de miles de niñas, niños y adolescentes en Paraguay. No se trata solo de premiar trayectorias, sino de decirles a los docentes: lo que hacen importa mucho.
En la sede de la Unión Industrial Paraguaya, veinte maestras y maestros recibieron este homenaje. Detrás de cada nombre hay una historia de entrega silenciosa, de madrugadas preparando clases, de abrazos en momentos difíciles, de gestiones incansables para que una escuela sin recursos se convierta en un lugar digno para aprender.
Ahí está, por ejemplo, la historia de ña Tona, la profe Petronila Arazatey, que con casi nueve décadas sigue enseñando con la misma pasión que cuando empezó. Caminó kilómetros, hizo dedo para capacitarse, fundó instituciones y marcó a generaciones con su frase sencilla y profunda: “Enseño para que mis alumnos sean mejores personas”. Ella representa a tantos docentes que nunca se rinden, que no se jubilan del amor por enseñar.
Está también la profe Mirna Meza, que convirtió los pasillos de la Casa del Buen Pastor en aulas de libertad interior. Durante años trabajó con mujeres privadas de libertad, enseñándoles a leer, escribir y sanar heridas emocionales. Sus alumnas la llaman “mamá guasu”, porque la educación que ofrece no juzga, sino que abraza y devuelve dignidad. Su ejemplo nos recuerda que enseñar es creer en la segunda oportunidad de cada persona.
En San Pedro, la profe Benita González de Rodríguez muestra que la inclusión no es un discurso, sino una forma de vida. Celebra cumpleaños, organiza obras de teatro y camina largas cuadras para llegar a los niños con discapacidades psicosociales que no pueden ir a la escuela. Su nieta la postuló para este reconocimiento, orgullosa de una abuela que enseña con el alma y que hace de cada clase un acto de amor concreto.
En Mbaracayú, la profe Nilsa Sanabria demostró que la lectura y la escritura pueden abrir caminos impensados. Con sus estudiantes publicó libros como “Versos del alma” y “La oruga que aprendió a volar”, logrando que adolescentes que tal vez nunca se imaginaron autores hoy vean sus palabras impresas y compartidas. Ella simboliza a esos docentes que encienden chispas de creatividad y hacen que la escuela sea un lugar donde soñar.
La profe Nazaria Florenciáñez, desde una escuela de Luque en medio de un asentamiento, lidera un proceso de transformación profunda. Remodeló aulas, impulsó construcciones, gestionó equipamientos y, sobre todo, estuvo cerca de los alumnos con mayores dificultades. Su manera de dirigir demuestra que cuando una escuela mejora, también se fortalece la autoestima de toda una comunidad.
Y en la comunidad Aché Chupa Pou, el profe Marciano Chevugi entendió que educar también es preservar la cultura ancestral. Desde su labor voluntaria en preescolar hasta la publicación del libro “Ser aché”, fue construyendo puentes entre la sabiduría de su pueblo y el futuro de los niños y jóvenes. Su trabajo recuerda que la educación de calidad respeta las identidades y las historias de cada comunidad.
El reconocimiento “Profes que dejan huellas 2025” es, en el fondo, una invitación a mirar de nuevo a quienes sostienen la escuela pública, las instituciones comunitarias y los espacios educativos más difíciles. Dequení, al poner un foco sobre estas historias, nos anima a valorar más a los docentes de nuestro entorno: a esa maestra que llamó a la casa cuando un alumno dejó de ir, a ese profesor que prestó su propio celular para una tarea, a quien se quedó después de hora para escuchar un problema familiar.
En tiempos donde abundan las malas noticias, estos maestros nos recuerdan que en Paraguay también pasan cosas buenas. En aulas rurales, en cárceles, en comunidades indígenas hay educadores que se levantan cada mañana convencidos de que un niño que aprende es un futuro que se abre.
Ellos son los profes que dejan huellas: no solo en los cuadernos, sino en la vida. Y el mayor reconocimiento que podemos darles, más allá de una placa o un diploma, es comprometernos como sociedad a apoyar su trabajo, a defender la educación como derecho y a creer que, con más maestros como ellos, es posible construir un país más justo y humano.


