Para este cumpleaños especial, rescatamos esta nota publicada cuando La Tribuna era solamente digital. Luis Aranda, operador de la linotipia de la antigua redacción, nos cuenta cómo era el trabajo en aquellos días.
Luis Aranda llega a la redacción de La Tribuna elegantemente trajeado. Se mueve con soltura y habla con fluidez y claridad. Nadie pensaría que tiene más de noventa, aparenta veinte años menos.
Está contento porque aquel diario donde había sido feliz durante tantos años está de regreso. “Solo saber que existe nuevamente La Tribuna es toda una alegría”, remarca.
Don Luis trabajó en La Tribuna de 1948 a 1975. Era linotipista, es decir, que operaba una máquina que componía los textos que irían a impresión.
La linotipia se utilizaba en los tiempos de las impresoras con los moldes de plomo. Era una máquina que funcionaba como una máquina de escribir, pero que en vez de imprimir letras, cada tecla activaba una matriz de una letra que se alineaba para formar las oraciones. Luego estas líneas de matrices se rellenaban con plomo fundido, creando una pieza sólida de tipos que se utilizaban para imprimir.
“Yo tenía que copiar todo lo que me traían, ya sea noticias o avisos. Me llegaba la página mecanografiada por el periodista y yo copiaba el texto. Los que estábamos en la imprenta no podíamos abandonar el diario mientras no se cerraba la página. La información tenía que pasar por corrección y luego llegar hasta nosotros. Había mucho trabajo por hacer hasta que la noticia llegaba hasta la rotativa. Nosotros debíamos esperar hasta que entre la última página a la rotativa y allí recién podíamos dejar el diario. Una vez, Víctor Manuel Pecci competía afuera y su papá se quedó en el diario esperando saber el resultado del partido. Se quedó con nosotros hasta las 3 de la mañana. El tenista habría tenido unos 17 años, por ahí nomás y ya era muy famoso”, recuerda Luis Aranda, que hoy tiene 92 años.
“Yo armaba la noticia para ajustarla a la página según el diagrama fijado por el diagramador. Entraba a las 6 de la tarde y me quedaba hasta el final, hacia la medianoche, aunque algunas veces nos quedábamos hasta la madrugada, según la urgencia de la noticia. Hacía los titulares y luego las informaciones”, nos cuenta Aranda.
Don Luis ingresó al diario en octubre de 1948, a los 14 años. “Nací en Quiindy. Vine a Asunción en 1947, al final de la revolución. Mi tío era jefe de talleres de La Tribuna y me llevó al diario. Se llamaba Gregorio Martínez y prácticamente se crió con los Schaerer”. En aquel entonces, La Tribuna estaba al mando de Arturo Schaerer.
“El jefe de redacción era Aníbal Rafael Argüello, pero después tuvo que huir del país, parece que era medio izquierdista, pero era un buen periodista. En su reemplazo ingresó Víctor Carugati”.
Aranda vivió una gran cantidad de situaciones siendo empleado del diario. En aquella época, las noticias internacionales no llegaban tan rápido como ahora. Recuerda especialmente un partido de fútbol de la selección paraguaya que se jugó en Brasil y cuyo resultado recién se pudo obtener hacia las 3 de la madrugada. La noticia llegaba por telégrafo. Después de varios años se instalaron los teletipos que constituyeron un gran cambio.
La experiencia más estresante que Aranda vivió en La Tribuna fue cuando tuvo que armar el diario solo, durante la huelga de agosto de 1958.
Fue un paro general que convocó la Confederación Paraguaya de Trabajadores contra el gobierno de Alfredo Stroessner en respuesta a la represión estatal y en reclamos de mejoras salariales.
“Yo era soltero y faltaba unas semanas para casarme. Tenía 24 años. Hasta mi casa llegó Gregorio Herrera, que era el jefe del taller del diario en ese momento. Me dijo que todos los muchachos ya estaban trabajando en el diario. Llegué a eso de las 9 y no encontré a nadie. Herrera me mintió nomás”.
“Ya había muchos materiales que hacer. No era el único que estaba, había algunos compañeros, como Julio Artaza, un ucraniano y algunos ayudantes, aprendices. Pero apenas llegué ya me puse a trabajar. No podía hacerlo con la rapidez requerida porque la máquina había sido maltratada, pero funcionaba. Pasamos toda la noche en la imprenta y recién a las 9 de la mañana se cerró va’i va’i la edición y salió el diario. Trabajé 24 horas. Arturo Schaerer me hizo un regalo especial por la dedicación al trabajo, que me entregó un mes después, en el día de mi casamiento. Y vaya casualidad, el día de mi boda también fue una jornada larga. Era un sábado. Dejé el diario a las seis de la mañana y ya ni me fui a dormir. Fui a casa a prepararme porque esa mañana nos casábamos en el Registro Civil”.
En 27 años de trabajo, don Luis conoció a varias generaciones de periodistas que hicieron carrera en las letras nacionales.
“Entre los redactores recuerdo a José Antonio Bianchi, Maneco Galeano, Pedro García hijo, que era una eminencia siendo aún mitã’i. Tenía 16 años. En aquellos años no había tantos cronistas, pero conocí a muchos. Recuerdo, por ejemplo, a Artemio Vera, que reemplazó a Carugati en la jefatura de redacción. Carlos Ruiz Apezteguía fue el administrador en los últimos años. Fernando Cazenave, aparte de un gran periodista era una buenísima persona, Sindulfo Martínez era muy ágil con la máquina de escribir además de un gran periodista, Pedro Justino Machi, Félix María Cáceres, periodistas de alto vuelo; Raúl de Laforet era un bromista nato; José Luis Appleyard escribía en guaraní y era un caso serio pasar sus textos en la linotipia. Guido González era corrector y Jesús Ruiz Nestosa era un periodista valé”.
“Hace poco falleció alguien que ingresó al diario como corrector: Cristian Nielsen. Una buenísima persona. Sencillo y humilde”.“En fin, vivimos tantas cosas en La Tribuna. Tuve la felicidad de estar en este trabajo, para mí era como estar en casa. Ah, recuerdo también cuando el hombre llegó a la Luna. Salimos todos a la calle, fue una gran alegría, pero me parece que fue todo en vano. No sé trajo nada bueno de eso”, comenta con una sonrisa Luis Aranda.


