Dos puntos de la carta pastoral leída en Caacupé deben ser observadas si se acuerda que la transformación no es solo una cuestión externa. Uno es la autocrítica que hace la Iglesia (1), el otro es el mensaje de odio instalado abusándose para eso de la libertad de prensa (2). Corresponde el análisis en el entendimiento del aporte colectivo a favor del bien común, pues el compromiso por la cohesión y equidad empieza por uno mismo.
Repasando los medios vemos que casi todos tomaron en sus principales titulares a la corrupción como el eje de la homilía del 8 de diciembre. En los archivos vemos que eso es de cada año, es de décadas. Lo nuevo es la mirada interior que se hizo la propia Iglesia (1). Lo otro toca el contenido de los medios de prensa (2). Luego cada quien, como persona y grupo del tipo que fuere, tendrá que reflexionar si su aporte suma o resta en el Paraguay.
Resultan trascendentes los dos temas, ya que es fácil reparar al otro. Lo difícil es que uno haga su autoevaluación. Se sabe que Iglesia y prensa tienen el hábito de insistir en el qué hacer y casi se excluyen en el cómo hacer y no pluralizan el “hagamos”. Por consiguiente, es válido medir la petición religiosa y la arenga mediática y, que, al menos, exista coherencia entre lo que predica uno en el altar y lo que dice la otra en su editorial.
Si hay podredumbre en la nación, entonces cabe admitir que ambos también son parte de la sociedad. La Iglesia, con valentía, ya admitió que es “cómplice de este sistema vicioso”. Incluso reconoció su error: “Nos hemos equivocado al permitir que el anuncio del Evangelio sea confundido con intereses partidarios”. Este reconocimiento público debe destacarse por su ejemplo de humanidad (1).
En lo que concierne a la prensa, la Iglesia fue certera en señalar el daño que se hace con “... la campaña de odio, escraches, amenazas que destruyen reputaciones sin el debido proceso” (2). Cuántas veces, casi siempre, la soberbia del periodismo acusó sin ser fiscal y condenó sin ser juez. Claro, todo se hizo con el aliento y permiso de la dirección. Por de pronto, se espera la autocrítica ...
Asumir errores es un paso que habrá de ayudar a la nación. Es crucial, clave, porque, principalmente, construye confianza. Es que con repetidas voces, desde la Iglesia y la prensa, se denuncia la corrupción y esta no cede, al contrario, aumenta, entonces algo falla. La deficiencia es posible que esté en el mensaje o en el propio mensajero. O en ambos. De ser así, entonces está en duda la credibilidad.
Toda transformación tiene mucho que ver con el liderazgo/contenido creíble. Tanto la Iglesia como la prensa, por la vocación que tienen, están obligadas a ser confiables. Es esencial para instalar una agenda que procure el bien común. Eso sabe la Iglesia, por ello, con sabiduría hizo su autocrítica (1), y mostró al periodismo el valor de la comunicación (2).
La sinceridad de la Iglesia invita a toda la comunidad a reflexionar. Mirarse a uno mismo demuestra humildad y encamina hacia una integridad, que también se debe recuperar como sociedad/nación. El análisis sobre uno mismo permite ampliar la visión para la acción, tanto para corregir rumbos como para el desarrollo efectivo y positivo.
La Iglesia tendrá sus errores (1). La prensa también los tiene (2). Pero no todo está mal en Paraguay. Ni mucho menos. Es un deber confiar en el futuro y edificar la cultura positiva. El autoexaminarse con objetividad es una decisión interna. El autoconocimiento lleva con precisión hacia la voluntad de modificar propias actitudes, hábitos y creencias.
Conclusión: esa Iglesia sencilla, incluyente, amplia y veraz, que también pide perdón por dejarse llevar por apetencias de arrogantes que únicamente condenan a la eterna miseria a los necesitados, es la Iglesia que necesita el Paraguay (1).La Tribuna, como prensa, por su lado se compromete a repasar el manual profesional para evitar acusar sin pruebas, gritar por gritar, coaccionar a la Justicia, faltar el respeto a la investidura presidencial, generalizar la ineficiencia en el Congreso y culpar de los males a toda la sociedad (2).


