En este nuevo tiempo podemos observar tres fases en la tarea pastoral de la Iglesia paraguaya: la conciencia sobre el valor de la libertad bajo el liderazgo de monseñor Ismael Rolón hasta 1989 (1), los 36 años de transición política hasta el 2025 (2) y lo que viene tras Caacupé como agenda a partir del 2026 (3).
Monseñor Blas Ismael Rolón Silvero (1) fue la figura más emblemática de resistencia a la dictadura (1954-1989). Su liderazgo marcó la catequesis en que la Iglesia no podía ser arrinconada en los templos.
Su eminencia imprimió un rumbo de acción decisivo, primero al frente de la diócesis de Caacupé y, posteriormente, durante su arzobispado en Asunción (1970-1989).
En el espacio de libertad que se inició en 1989, la Iglesia entendió que correspondía a la clase política y a la ciudadanía desarrollar la transición y fortalecer la democracia (2). En esta era política, hay que decirlo, hubo avances positivos: elecciones donde se respetan los resultados, Fuerzas Armadas en los cuarteles, autonomía bancaria, libertad de organización, libre expresión, etcétera.
En la festividad de Caacupé, con claridad en la principal homilía de ayer, se ratificó en agenda otro caminar: es ir de la democracia política a la democracia social (3). Es por eso que en todo el novenario, y lo catapultó este 8 de diciembre, el lema del 2026 es: “El bien común” - “Denles ustedes mismos de comer” (Mt 14,16).
El desafío viene con el acuerdo del nuevo papa León XIV. Él, desde el Vaticano, fijó que el bien común es el eje central de la vida social y política. Debe recordarse que su nombre como pontífice fue en honor al papa León XIII, quien abordó el concepto de manera contundente en su encíclica “Rerum novarum” (1891), que sentó las bases de la Doctrina Social de la Iglesia.
El desarrollo del bien común debe ser entendido como la libertad que beneficia a todos, que la democracia no es solo la rutina de las elecciones calendarizadas y que la corrupción que deriva en la pésima salud, la educación deficiente y la acuciante inseguridad es también por la vigencia de la impunidad.
Esta última palabra, usada más de una vez en Caacupé (impunidad), revela una preocupación por la institucionalidad en la República. Toda sociedad justa empieza por entender que solo hay tres poderes del Estado, y que pese a sus errores y aciertos, no existe ningún suprapoder sobre ellos, sea este formado por poderosos empresarios conspiradores y/o directivos de holding de medios.
El bien común reclamado por la Iglesia en Caacupé representa un compromiso para la mayoría del país. Es también un mensaje de reflexión para líderes de opinión y para esa prensa que solo sabe oponerse. Conlleva comprender que la generosidad y la humildad significan ser parte de la solución, y si uno no quiere colaborar con una mejor sociedad que al menos no agregue más problemas a los existentes.
En la carta pastoral leída como epílogo de la Eucaristía, la parte más visibilizada fue la que corresponde a la Justicia. Los obispos saben que fiscales y jueces no deben ser coaccionados usándose para eso hasta a la prensa. Es que sin una justicia libre no habrá bien común, y por ende los privilegios serán de los grupos de siempre, y como secuela la corrupción golpeará todo lo que beneficia y pertenece a los sectores vulnerables. “No basta indignarse, sino implicarse”, marcaron como pacto.
Conclusión: el devenir está delineado, eso es saber que no existe dictadura como gritan unos trasnochados (1), ya son largos 36 años de la transición política (2) y que es hora de la institucionalidad que haga la democracia social (3). Para el entendido es sabia, clara y contundente la propuesta de la Iglesia. Queda a cada quien asumir su responsabilidad en el deber con el bien común.


