Uno de los peores homicidios es el que se ejecuta durante un secuestro. Sus autores intelectuales y materiales no merecen ninguna compasión, más cuando tienen como base planificada la lucha de clases Los hechos pasaron en Paraguay y sus propiciadores y operadores se mantienen agazapados, esperando la primera oportunidad para volver con sus fechorías.
Ayer se recordó un año más (ocurrió el 21 de septiembre del 2004) del secuestro de Cecilia Cubas, hija mayor del expresidente Raúl Cubas y la exsenadora Mirta Gusinky. Justo el Día de la Juventud elementos del grupo asesino Ejército Popular Paraguayo (EPP) mataron su alegría y ganas de vivir cuando la tomaron como rehén, y luego acabaron con su vida.
Cecilia Cubas fue la primera víctima fatal de secuestro del EPP. Su trágico desenlace conmocionó a la población sana y marcó la historia con un intento de instalación de la lucha de clases, aunque hay sectores que no lo quieren admitir. El plan no era solo el plagio, tenía como esencia romper con las instituciones e imponer un modelo, que por suerte fracasó.
A Cecilia la mataron en febrero del 2005. El Ministerio Público logró condenar a once personas por el secuestro y muerte de Cecilia. Son ellos Osmar Martínez, Anastacio Mieres Burgos, Francisca Andino, Vaciano Acosta, Pedro Chamorro, José Domingo Hidalgo, Manuel Portillo, Roberto Otazú, Rosalba Jara Drackeford, Lidia Samudio y Aldo Meza. Con las penas, básicamente, se estropeó -en parte- algo planificado para imponer el terror en la República.
Así como la familia Cubas Gusinky otras familias, como la Debernardi, por citar una más, caso María Edith, sufrieron en carne propia el proyecto de una lucha de clases camuflada como secuestro. Muchas veces, sin medir las consecuencias de los actos, posiblemente, se abona el terreno para que crezca en el ambiente la idea de acabar con el que "saca dinero al pobre". Es pesado decirlo, pero es así.
Hay varias maneras de ir condimentando el terreno para los peores actos de violencia y asesinatos. A veces un simple sonido dentro de la libre expresión es uno de esos condimentos. Ya saltarán quienes quieran dar otra connotación a lo que decimos, pero será difícil negar que existe un círculo de encono, ira y fanatismo, que incluso vienen en campañas periodísticas y líneas editoriales.
Se dirá que tales adjetivos calificativos no tienen como objetivo la maldad ni orilla la malicia, ciertamente pueden no ser, pero más de un militante ideológico radical buscará -desde la oscuridad- la forma de sacar provecho cuando los mensajes tienen el tono que orilla el odio. Ese sector dogmático sabe jugar con la división social.
Por eso nosotros, por encima de nuestros reparos y críticas, cuidamos en esencia a las instituciones. Estamos convencidos que es la mejor forma de evitar que esos oscuros personajes no tengan las chances que buscan para hacer del homicidio doloso, la privación de libertad, el secuestro, la extorsión y la asociación criminal que dejan dolor y sangre, una rutina.
La Tribuna tiene claro su deber con la sociedad paraguaya, que exige y tiene derecho de vivir en paz, y antes que destruir intenta colaborar con el fortalecimiento de las instituciones. Por eso se esfuerza por mantener la serenidad y el equilibrio, con mayor razón en momentos en que repetidas publicaciones se alzan casi desesperadamente, cada día, en busca de popularidad.


