Los analistas internacionales coinciden en que la Guerra Fría terminó en diciembre de 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Lo que vino después fue otra disputa geopolítica, menos estridente y más sinuosa, cuyo desenlace resulta más complejo de predecir porque, en medio de todo, se instaló la amenaza del terrorismo organizado.
La desintegración de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) obedeció a una serie de crisis políticas, económicas y sociales. No supieron —o no quisieron— ver la realidad. Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso del bloque del Este quedó confirmada la defunción de la llamada bipolaridad mundial de aquellos tiempos.
A medida que se hablaba del derrumbe del bloque comunista, Estados Unidos emergió como la superpotencia sobreviviente. Se proclamaba entonces el final de la Guerra Fría. La humanidad parecía respirar tranquilidad. Había un ambiente de paz, al menos en el plano ideal.
Sin embargo, hoy, décadas después, el mundo vuelve a sostenerse sobre un equilibrio frágil, donde las potencias dirigen sus estrategias para el control o monopolio del poder. Las industrias armamentistas nunca cerraron, tienen pedidos permanentes (basta mirar lo que ocurre en Rusia y Ucrania, o en Gaza). Los científicos de la maquinaria bélica han afinado su ingenio en la aplicación de la tecnología.
Lo cierto es que los panfletos ideológicos ya no ocupan la primera línea de la agenda. Actualmente, las diferencias se negocian en encuentros diplomáticos, en los cuales abundan las selfies entre líderes y declaraciones de tono flexible. La hipocresía se envuelve en un círculo de belleza y esplendor.
En esta nueva era, las potencias confrontan menos en torno a los tradicionales ejes de derecha e izquierda (para algunos, fascistas o bolches). Hoy relucen tácticas creativas y no convencionales, con un camuflaje político y mediático que les permite eludir el conflicto militar directo, mientras el espionaje eterno sigue siendo parte saludable del orden del día.
Las nuevas herramientas tienen que ver con la creciente importancia de los ciberespacios, los ciberataques, las guerras arancelarias, la desinformación sistemática y las siempre presentes presiones económicas.
Los presupuestos públicos de las grandes potencias mantienen como objetivo desestabilizar adversarios, asegurar intereses nacionales, ganar gobiernos genuflexos como aliados y golpear al que se ubica en el otro bando. Son maniobras antiguas, pero también renovadas.
Si ayer se daba por concluida la llamada guerra bipolar, hoy el escenario es un orden mundial multipolar. Lo preocupante es que el mundo retorna a la zozobra y la incertidumbre. Todo se somete a planes, monitoreos y espionaje, ahora con sistemas más silenciosos, pero probablemente más crueles que amenazan a la humanidad.
La división mundial pasó de ser una cuestión ideológica a convertirse en un conflicto más complejo y cargado de agudeza. Desafía incluso al mejor analista internacional precisar cómo está el tablero global. Algunos dicen que está claro, pero no parece tan así. En medio de todo, agazapados, permanecen los grupos terroristas.
El 11 de septiembre de 2001, con el criminal atentado al World Trade Center en Nueva York —un hecho emblemático—, quedó confirmado que el fin de la Guerra Fría no significó la tan anhelada paz mundial.
Duele asumirlo, pero la multipolaridad del siglo XXI no solo da lugar a la formación de nuevos bloques, también deja el terreno fértil para que el terrorismo despliegue su rol asesino. Cuesta imaginar que grupos criminales organizados se sumen a la fragmentación global para utilizar la propia globalización en la siembra de muerte, dolor y luto. Lastimosamente es así.

