Un estudio regional muestra que, aunque ocho de cada diez usuarios afirman manejar con soltura las plataformas digitales, casi la mitad señala que los fraudes y estafas representan hoy su principal preocupación. Paraguay refleja este escenario, donde persisten viejas modalidades y surgen engaños potenciados por inteligencia artificial.
La vida digital avanza con rapidez, pero la seguridad no parece seguir el mismo ritmo. Esa es la principal conclusión de un estudio regional sobre hábitos digitales que vuelve a poner en evidencia una tensión que crece en toda América Latina. Mientras las personas utilizan cada vez más plataformas financieras y herramientas tecnológicas para sus actividades diarias, también aumenta el miedo a caer en estafas que se vuelven más sofisticadas y difíciles de detectar.
En Paraguay, el fenómeno se siente con igual intensidad
De acuerdo con la investigación, resultado de una encuesta sobre ciberseguridad, realizada por una reconocida marca de tarjetas de crédito, ocho de cada diez usuarios aseguran que dominan el uso de plataformas digitales, una señal clara de que la inclusión tecnológica ha dejado de ser una promesa para convertirse en parte de la vida cotidiana. Sin embargo, ese incremento de habilidades no se traduce en tranquilidad. El mismo reporte detalla que el 47% considera que los fraudes son hoy la principal frustración vinculada al entorno digital, una percepción que crece a medida que las modalidades de engaño se diversifican y perfeccionan.
En el caso paraguayo, los datos revelan una realidad conocida pero aún no resuelta. Las estafas tradicionales, “llamadas que buscan obtener datos personales, perfiles falsos que se hacen pasar por instituciones, enlaces maliciosos que circulan por redes sociales”, continúan liderando la lista de amenazas. Su permanencia demuestra una brecha profunda en materia de educación digital y mecanismos de protección, factores que facilitan que viejos métodos sigan funcionando a pesar de los avances tecnológicos.
El estudio también advierte sobre un nuevo nivel de riesgo, los engaños potenciados por inteligencia artificial. La clonación de voz, los deepfakes y las imitaciones de identidad creadas con alta precisión generan alarma entre los usuarios, que sienten que su información y su imagen pueden ser manipuladas sin dificultad. Esta evolución de la estafa digital plantea desafíos que no se resuelven solo con tecnología, sino con políticas de prevención más estrictas y procesos educativos mucho más amplios.
Los datos financieros confirman que la digitalización sigue creciendo. Las tarjetas de crédito y débito continúan siendo los instrumentos más utilizados, mientras que las transferencias en tiempo real y las billeteras digitales experimentan un fuerte aumento, impulsadas por su practicidad y velocidad. Esta expansión trae consigo una responsabilidad mayor por parte de las instituciones financieras, que deben ofrecer herramientas de protección acordes a las nuevas amenazas.
La confianza del usuario depende de acciones visibles. El estudio señala que los consumidores depositan mayor seguridad en bancos y redes de pago, siempre y cuando estas instituciones ofrezcan alertas proactivas, monitoreo constante, autenticación avanzada y políticas claras de reembolso, elementos que permiten enfrentar el fraude sin dejar al usuario desprotegido. En Paraguay, esta demanda es cada vez más fuerte, especialmente entre quienes han sido víctimas o conocen casos cercanos de estafas digitales.
La investigación concluye que el desafío es tanto tecnológico como cultural. La región avanza hacia un modelo financiero cada vez más digital, pero la prevención no crece al mismo ritmo. La educación, la comunicación clara y las herramientas accesibles se vuelven esenciales para evitar que las estafas sigan expandiéndose en silencio.
Paraguay se encuentra en un punto clave: fortalecer la confianza del usuario sin frenar la innovación. El reto consiste en equilibrar el avance digital con una protección sólida, capaz de anticiparse a los engaños antes de que lleguen al ciudadano. El riesgo es alto, pero la oportunidad de construir un entorno digital más seguro también lo es.










