Caracas denunció que Washington buscaba un “cambio de régimen”. En los meses siguientes, fuerzas estadounidenses atacaron supuestos blancos del narcotráfico en aguas venezolanas. Finalmente, la madrugada del 3 de enero de 2026 EE.UU. lanzó un ataque aéreo masivo contra bases militares en Caracas y otras ciudades. En la operación, comandos estadounidenses capturaron a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, trasladándolos fuera del país. Trump proclamó el “éxito” de la misión y dio por terminado el régimen de Maduro tras más de dos décadas en el poder.
¿Solo Maduro o también un mensaje global?
Aunque el blanco inmediato fue Maduro, la operación envía un mensaje estratégico a Rusia, China e Irán, aliados del chavismo con intereses en Venezuela. Durante años, Caracas sirvió de plataforma para que estas potencias proyectaran influencia en el hemisferio: Moscú tenía un socio militar en el Caribe, Pekín financió proyectos petroleros y de infraestructura, y Teherán halló un aliado para esquivar sanciones. La caída de Maduro les arrebata esa “cabeza de playa” regional. Así, Rusia tachó la incursión de “agresión” y pidió evitar una escalada, mientras Irán protestó por la violación de la soberanía venezolana. Más allá de Venezuela, EE.UU. busca disuadir a sus rivales geopolíticos de afianzar posiciones en su patio trasero.
Reacciones regionales e impacto inmediato
El ataque tomó por sorpresa a la región y generó condenas generalizadas. Gobiernos de diverso signo político rechazaron la violación de la soberanía venezolana. El presidente colombiano, Gustavo Petro, urgió convocar a la OEA y la ONU mientras caían las bombas, y luego exhortó a frenar “cualquier acción militar unilateral” contra Venezuela. Países vecinos como Chile y México se sumaron al repudio y llamaron a una salida negociada. En contraste, pocas voces celebraron la caída de Maduro; el presidente argentino, Javier Milei, llegó a exclamar “¡Viva la libertad, carajo!”.
Aliados cercanos a Maduro repudiaron con vehemencia la ofensiva. Cuba habló de “ataque criminal” y exigió una reacción internacional urgente, mientras Evo Morales calificó el bombardeo de “brutal agresión imperial”. El gobierno venezolano pidió al Consejo de Seguridad de la ONU condenar la agresión y reivindicó su derecho a la defensa propia. En la diplomacia regional prevalecen llamados a la moderación y al diálogo, pero muchos temen que este precedente abra la puerta a nuevas intervenciones extranjeras en Latinoamérica.
Soberanía y equilibrio de poder a futuro
La incursión de EE.UU. en Venezuela marca un punto de inflexión geopolítico en América Latina. Es la primera intervención militar estadounidense en la región en décadas, reavivando el debate en torno a la soberanía frente a la injerencia externa. A corto plazo, Washington obtuvo una victoria estratégica: eliminó a un gobierno adversario y redujo la influencia de potencias rivales, y se prepara para participar en la reconstrucción de Venezuela bajo nuevo liderazgo.
Pero este precedente inquieta a muchos países, que podrían reforzar el principio de no intervención para evitar una nueva era de intervencionismo unilateral. En el nuevo equilibrio regional, EE.UU. reafirma su primacía, y aliados como Cuba o Nicaragua quedan más aislados, y la región enfrenta el desafío de proteger su autodeterminación y estabilidad en medio de una renovada competencia entre grandes potencias. Este choque geopolítico redefine los límites de la soberanía y la influencia externa en el hemisferio.


