Cuatro historias, un mismo diario La Tribuna

Cuatro periodistas de la decana Tribuna recuerdan su paso por aquella redacción legendaria. De todos ellos, Christian Torres había hecho la despedida…

| Por David Martinez

Cuatro periodistas de la decana Tribuna recuerdan su paso por aquella redacción legendaria. De todos ellos, Christian Torres había hecho la despedida, como jefe de redacción, en aquel número 19.999 del 24 de septiembre de 1983. Creíamos conveniente que volviera a poner en letras de molde este regreso. Mario Rubén Alvarez y Santiago Caballero recuerdan  sus años mozos en la redacción de 15 de Agosto y Gral. Díaz, mientras que Pedrito García celebra este regreso no solo desde el recuerdo sino como protagonista de la nueva etapa.

Tribuna para aprendices

 Mario Rubén Alvarez 

La Tribuna, con sus páginas inmensas que parecían un continente en la mano, venía desde los difíciles años de la pre Guerra del Chaco -1925-, pasando sobre el fuego bélico que abarcó trincheras y retaguardia para seguir cabalgando en la historia posterior tampoco exenta del tronar de los cañones aunque ya entre compatriotas, anclando en el largo y casi infinito túnel tenebroso de la dictadura stronista. Y sigue hoy al pie de las palabras.

Su postura crítica tuvo como respuesta de los poderes de turno lo habitual en gobiernos autoritarios e intolerantes: amedrentamientos, clausura y todo tipo de persecución para acallar su firme voz al servicio de la verdad.

En 1978, una vez más, derrotó su mudez y volvió a las gargantas de los canillitas. Esta vez venía de la mano del jurista-periodista Óscar Paciello. Antes de su reapertura convocó a todos aquellos que supieran manejar la palabra con baqueanía. Deseosos de probarnos en la brega cotidiana de lidiar con la palabra y la realidad para volcarlas a diarias hojas impresas, muchos de los que entonces formábamos parte del Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero acudimos prestos al llamado.

Los que hasta entonces no teníamos el reclamo de la urgencia ni el compromiso de trasladar los hechos a la sábana de lectura voceada en las calles y, de vez en cuando, opinar, tuvimos que cambiar de ritmo y adecuarnos a la música nueva que empezábamos a bailar. Las coberturas eran un ensayo general para lo que después, con el diario en circulación, llegaría de modo rutinario.

Allí estábamos Moncho Azuaga, Amanda Pedrozo, Mario Casartelli, Gladys Casaccia, Victorio Suárez, Osmar Sostoa y yo, junto a otros, lidiando con una cuartilla en blanco, escribiendo y reescribiendo algunas notas que no pasaban el tamiz de alguna severidad argelada que no faltaba.

Una vez que en andamiaje del día a día junto a los lectores comenzó a girar ya casi todos estábamos con el mínimo oficio requerido para afrontar sus desafíos. De lunes a viernes, todo marchaba sobre ruedas. El problema emergía los sábados y, sobre todo, los domingos. Fácilmente, y ya incluyendo fotos apaisadas que más se parecían a murales de Laterza Parodi que a imágenes ilustrativas de informaciones, más caritas de tamaño retrato familiar, todavía sobraban como 400 líneas por llenar. Con incipientes uñas de guitarrero, se tardaban dos eternidades para completar la página.

En la redacción no solo éramos novatos que carecíamos del kurekutukuaa que dan los años de experiencia sino también gente con larga trayectoria. Pues bien, no tardamos en encontrar un modo de llenado rápido de las páginas en Américo Zunini, quien cubría Presidencia de la República y tenía cuartillas redactadas para una semana entera.

“Si todavía no pasó lo que se anuncia, tirá así mismo; si ves que ya pasó, cambiale el tiempo del verbo y ya está”, recomendaba. Su vasta artillería abarcaba política, educación, iglesia, economía e incluso a veces artes y espectáculos.

En aquel reinicio -entre tantos-, ganábamos poco, pero aprendimos mucho ha heta rovy’a. ¿Qué más podíamos pedir los que entonces solo soñábamos ser periodistas un día?

El diario inmortal

Por Christian Torres

Resiliencia. La palabreja le cae como anillo al dedo a La Tribuna. Murió mil veces, resucitó mil veces. Yo estaba allí cuando ocurrió una de sus primeras muertes serias

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El enorme diario, en todos los sentidos, venía languideciendo hasta que apareció ABC Color y le dio la estocada final. En vísperas de la Navidad de 1967 cerró sus puertas.

Quiero rendir un homenaje a la gente que trabajaba allí en ese último tramo. El director era un ilustre desconocido, Hugo Chaves con “s”, un señor rubicundo y de pocas palabras. Su secretaria era Elsa Troche, hermana de Evanhy. El jefe de Redacción, José Antonio Bianchi; los secretarios de redacción, mi compadre ya desaparecido Cristian Nielsen y Lily Seiferheld, la hermana de Alfredo. También estaban Juanita Carracella, Américo Zunini, Alejandro Noguera y Pedro Justino Macchi. En deportes, Ramón Acosta y el maestro Fernando Cazenave. En “cables” estaban Venancio Rivas y Primitivo Cabañas, era editorialista y columnista un juguetón, el genial José Luis Appleyard, que hacía pelotitas con gacetillas arrugadas y desafiaba a un picado de fútbol entre las máquinas de escribir. Desde el taller conocí a muchos más, recuerdo a un coordinador de apellido Sanz, y sé que me olvido de varios: es injusto, pero inevitable.

En ese diciembre todos creímos que La Tribuna desaparecía para siempre. Pero no: al poco tiempo reapareció, de la mano del incansable Óscar Paciello padre. Luego volvió a cerrar, pasó a otros dueños, pero nunca quiso morir del todo. Hace poco regresó en edición digital y ahora asumió su control un nuevo grupo empresarial, de los que están acostumbrados a hacer cosas “uenas”y a lo grande.

La historia puede repetirse: aquel gigante solitario sucumbió frente a la irrupción del offset y el color de Abc; el ex diario joven, ahora ya viejo, y sin su capitán, enfrentará ahora el acoso de la tecnología y de los grandes jugadores. El tiempo dirá si esta vez la resiliencia alcanza.

Yo escribí allí una columna titulada Historias que nadie cuenta. Presiento que en esta nueva etapa habrá mucho que contar en grande.

La Tribuna está de vuelta. Y el país gana un medio que, contra todo pronóstico, nunca se resignó a morir.

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