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El regreso del campeón mundial

Después de 14 años, el considerado mejor jugador del orbe en su momento, Ramón Carosini, retornó al país y rememoró viejas glorias con los compañeros de La Tribu Deport en una entrevista exclusiva.

| Por Pedro García Garozzo
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“Monchi” Carosini (centro) visitó los estudios de La Tribu Deport para recordar un poco de su historia dentro del fútbol de salón.

Ramón Carosini, en su momento el mejor salonista del mundo, se quedó a vivir y se laureó como médico en España, después de descollar en el Mundial de 1985. Jugó hasta los 39 años en Interviú, campeonísimo hispano. Se retiró en el 2000 (nació el 31 de agosto de 1961). En Madrid nacieron sus hijos menores. Volvió al país solo de paseo. Hacía 14 años que no lo hacía. Aprovechamos la ocasión para una amena charla en el programa “El polideportivo” de La Tribu Deport 1120 AM y que compartimos ahora con los seguidores de La Tribuna.

Amistad que perdura pese a los años

Uno de los aspectos que más valora Ramón es la prolongación e incluso el fortalecimiento de la amistad con los integrantes de la selección que en 1988 ganó con su capitanía el título mundial en Melbourne, Australia.

Hasta entonces, la Albirroja solo había podido conquistar el sudamericano, primer torneo oficial en el mundo disputado en el Comuneros en 1965 y la Copa Intercontinental en Belo Horizonte, precursora de los mundiales, en 1980, cuando aún no aparecía “Monchi”.

“Estamos siempre comunicados en un grupo de WhatsApp y en los próximos días tendremos otro tradicional encuentro, esta vez con mi presencia física (siempre estuvo en los anteriores en modo virtual).

España, el Interviú y José María García marcaron su vida

Tras destacarse nítidamente en el plano local, estalló en el primer Mundial de 1982 cuando Paraguay jugó la final y perdió 0-1 ante Brasil.

Los españoles, en la siguiente cita ecuménica, quedaron prendados por sus virtudes y de inmediato lo contrataron en el campeonísimo hispano Interviú, cuya dirigencia presidía el más grande comunicador radial de la Madre Patria de todos los tiempos, José María García.

“Me retiré a los 39 años, después incluso de interinar brevemente la dirección técnica ante el retiro de Manolo Saorín, el estratega que toda una década fue nuestro entrenador. Acepté porque fue un pedido de José María. La segunda vez fue cuando estábamos peor que nunca en la clasificación. Solo podíamos llegar a instancias finales si ganábamos siete partidos. Y lo logramos. Pero frente al equipo de Zaragoza, que entró como primero a las semifinales, perdimos en casa, ganamos de visita y perdimos en juego de desempate neutral”, recuerda.

Y explica por qué no quiso seguir. “Los jugadores somos muy especiales y es muy duro el vestuario después de una derrota. Nunca quise que la amistad tan bien forjada, puede debilitarse y hasta perderse por culpa de un partido en un vestuario caliente. Por eso solo me comprometí como una solución temporada. Tras aquella gran remontada me pidió José María que continúe. Yo seguía como salonista en cancha y entrenador. Pero ya solo acepté seguir jugando y poco después colgué las botas”.

“Formamos una gran familia con la Albirroja y lo propio en Madrid”

Una de las razones que considera fundamentales para el logro del primer título del mundo y cortar una hegemonía que parecía eterna de los brasileños fue el haber sido capaces “en dos meses de preparación y luego en competencia de haber conformado más que un grupo de jugadores una familia armoniosa, junto a todos los integrantes que viajamos a Australia”.

Recordó que ese compañerismo fraternal llegó al máximo en Oceanía, pero se forjó en el día a día de la fase preparatoria previa y en el operativo adaptación a los husos horarios. “Dormíamos de día y vivíamos y entrenábamos de noche en la plaza contigua a nuestro lugar de reclusión que era el hotel Guaraní, un ingenioso y revolucionario operativo impulsado por el doctor José Mayans y que tuvo el pleno respaldo de la Federación y de su presidente doctor Rolando Alarcón en especial”.

Esa cohesión la experimentó también en España, donde no le fue difícil adaptarse a costumbres diferentes y un ambiente diametralmente opuesto al nuestro y superprofesional, siguiendo a la par la carrera de Medicina. Por eso toda la vida, pese a ofertas de otros equipos (especialmente el Pozo, archirrival de los madrileños), lució otra casaca que no fuera la del Interviú.

“En la propia vida privada, dos de mis ‘hermanos’ en la cancha quedaron más que como amigos como parientes, a tal punto que nos frecuentamos desde entonces hasta hoy. Julián Melero es padrino de mi hijo Hugo, y Alejandro Alonso (Caco) padrino de Ivo. Nuestros vástagos se dicen primos y a los respectivos padres les llaman tíos”, explicó.

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