Ciencia y Tecnología

La inteligencia artificial y el costo ambiental de la nueva era digital

La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta esencial de la vida moderna. Desde los chatbots hasta los generadores de imágenes…

| Por La Tribuna-
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La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta esencial de la vida moderna. Desde los chatbots hasta los generadores de imágenes, cada interacción en estas plataformas tiene un costo oculto: un creciente impacto ambiental. Lo que muchos desconocen es que cada consulta, entrenamiento de modelo o imagen creada exige enormes cantidades de electricidad y agua, recursos cuya demanda ya empieza a desafiar los límites del planeta.

Entrenar un modelo avanzado de IA requiere tanta energía como la que consume un hogar promedio durante 120 años. En conjunto, los centros de datos que dan vida a la IA consumieron en 2022 cerca de 460 teravatios-hora (TWh), equivalentes al 1,7 % de la electricidad mundial. Según la Agencia Internacional de Energía, esta cifra podría superar los 1.000 TWh para 2026, mientras que la IA por sí sola demandaría 146 TWh en 2027, una cantidad similar al consumo anual de Argentina.

El impacto no termina ahí. Los centros de datos, que albergan miles de procesadores o GPU, también necesitan enfriamiento constante. En Estados Unidos, el consumo directo de agua de estas instalaciones alcanzó 66 millones de metros cúbicos en 2023, el triple que hace una década. A eso se suman 800 millones de metros cúbicos adicionales utilizados indirectamente por las plantas eléctricas que los abastecen. En regiones con estrés hídrico, como California o Texas, la expansión de estos complejos compite directamente con la agricultura y el acceso al agua potable.

“Este desafío requiere un abordaje intersectorial entre comunidades, empresas y gobiernos. La innovación debe escalar sin comprometer los recursos naturales”, afirma Victoria Martínez Suárez, gerente de Inteligencia Artificial en Red Hat LatAm.

La paradoja de la inteligencia climática

La gran ironía es que mientras la IA puede ser una aliada en la lucha contra el cambio climático —optimizando redes eléctricas, modelando escenarios climáticos o acelerando la investigación científica— también se ha convertido en una de sus nuevas amenazas. Según el Foro Económico Mundial, los centros de datos asociados a la IA podrían representar el 3 % de las emisiones globales de CO₂ para 2030, una huella comparable a la del transporte aéreo.

Cada interacción digital tiene un peso ambiental. Estudios del MIT Technology Review estiman que una sola consulta a un modelo grande de IA puede consumir hasta 6.700 julios de energía, el equivalente a hacer funcionar un microondas durante ocho segundos. Y una imagen generada por IA puede requerir más de 2.000 julios, mientras que un video de apenas cinco segundos de alta calidad puede demandar 3,4 millones de julios, lo que equivale a recorrer 60 kilómetros en una bicicleta eléctrica.

Estas cifras se multiplican por los miles de millones de peticiones que reciben plataformas como ChatGPT, Copilot o Gemini cada día. Solo ChatGPT procesa más de mil millones de solicitudes diarias, lo que equivale a la energía usada por 3.000 hogares en un año.

El costo social del progreso

La expansión de la inteligencia artificial no solo plantea un dilema ambiental, sino también social. Las comunidades que viven cerca de los centros de datos enfrentan los mayores impactos: contaminación del aire por generadores diésel, presión sobre los recursos hídricos y aumento de costos de energía. Un estudio de la Universidad de California Riverside calcula que el costo sanitario derivado de la contaminación asociada a la IA podría alcanzar los 20.000 millones de dólares anuales en Estados Unidos hacia 2030.

A pesar de ello, los gigantes tecnológicos sostienen que el balance final puede ser positivo. “Nuestra estrategia prioriza modelos pequeños y eficientes para reducir el consumo energético en las inferencias”, explica Martínez Suárez. Empresas como Google, Microsoft y Amazon ya anunciaron compromisos para abastecer sus operaciones con energía 100 % renovable. OpenAI, por su parte, invirtió en la compañía Exowatt, que desarrolla centros de datos impulsados por energía solar.

Sin embargo, la realidad muestra una tensión constante entre los objetivos climáticos y la demanda exponencial de poder de cómputo. El investigador Noman Bashir, del MIT, advierte: “Estamos construyendo centros de datos más rápido de lo que podemos integrar energías renovables. Eso significa que la mayoría aún depende de combustibles fósiles”.

El debate sobre la huella de la IA no busca frenar el progreso tecnológico, sino orientar su crecimiento hacia la sostenibilidad. En la práctica, existen medidas inmediatas que pueden reducir el impacto ambiental: usar modelos preentrenados, comprimir redes neuronales, mejorar la eficiencia de chips o recurrir a proveedores certificados en ISO 14001 e ISO 42001. También se promueve el uso de “gemelos digitales” que simulan el consumo de los centros de datos para corregirlo en tiempo real.

A nivel individual, los expertos recomiendan hábitos digitales más conscientes: limitar el uso innecesario de IA, desactivar funciones automáticas que demanden cómputo adicional o preferir herramientas locales que no dependan de grandes infraestructuras de nube. “Cada búsqueda, cada imagen generada, tiene un costo ambiental. La diferencia está en cuánto decidimos gastar”, resume Sasha Luccioni, de la empresa Hugging Face.

Un futuro que necesita equilibrio

El futuro tecnológico será, inevitablemente, un futuro inteligente. Pero para que también sea habitable, la inteligencia artificial debe aprender a ser eficiente. Si la IA es la herramienta más poderosa creada por la humanidad, también debe ser la más consciente.

Porque la paradoja es clara: la tecnología llamada a salvarnos del colapso climático podría acelerarlo si no aprende a usar con sabiduría los recursos que la sostienen. La próxima frontera no será la capacidad de procesar más datos, sino la de hacerlo sin hipotecar el planeta.

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