Arte y Cultura

Clarisa Navas y una película que desarma el control

El fin de semana pasado la película “El príncipe de Nanawa” fue premiada en dos festivales: en el Asuficc 2025 y en el Festival de Oberá, en la vecin…

| Por La Tribuna
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El fin de semana pasado la película “El príncipe de Nanawa” fue premiada en dos festivales: en el Asuficc 2025 y en el Festival de Oberá, en la vecina provincia argentina de Misiones. Conversamos con su directora, la correntina Clarisa Navas, quien en este filme propuso un recorrido sin mapas ni fórmulas.

Hernán  Moyano

El domingo cerró la quinta edición del Festival Internacional de Cine Contemporáneo de Asunción (Asuficc). “El príncipe de Nanawa” obtuvo una mención especial y un día antes ya había ganado el Premio Cacique Overá a Mejor Largometraje Entre Fronteras, además del reconocimiento del voto del público en el festival misionero.

El jurado del Asuficc la describió así: “Un protagonista entrañable y una amistad poco probable, llena de ternura versus las problemáticas de crecer y madurar, con la mirada puesta en un territorio fronterizo donde las lenguas de cada país se combinan para crear un lenguaje único. Por ser una película atrapante que nos hace reflexionar a través de este viaje”.

Y sí, la palabra “viaje” parece resumir todo. Porque lo que propone Navas es exactamente eso: un recorrido sin el control que muchas veces impone el cine tradicional.

“Esta película deshace por completo la idea de dirección”, cuenta Clarisa. “No hubo pautas clásicas de decir esto se filma así. Fue un gran ejercicio de entregarse a vivir una experiencia más que a tratar de dominarla. Incluso darle la cámara a Ángel —el protagonista— fue como invitarlo a crear sus propias imágenes, su propio modo de mirar”.

A lo largo de una década de rodaje, la relación entre Clarisa, su equipo y Ángel se transformó en algo más profundo que una película. “Hubo muchos momentos en los que pensamos que quizá no había una película ahí, o que lo importante era otra cosa. Que Ángel estuviera bien, que nuestro vínculo siguiera siendo sano. Nunca nos importó terminar a toda costa. Primero están las personas, después el cine”.

Esa ética del cuidado atravesó todo el proceso. “Desde el inicio, Ángel decidía qué se mostraba y qué no. Él tenía su propia cámara, filmaba su mundo. Había situaciones que simplemente no grabábamos. Y eso está bien. Hay cosas que no necesitan ser vistas para existir”.

Cuando se le pregunta qué espera que provoque la película, Navas lo resume con una calma que contagia: “No pienso en dirigir las emociones del público. Me gustaría que genere preguntas, que invite a imaginar otras formas de mirar los territorios estigmatizados. Porque ahí donde todo parece condenado, siguen existiendo la amistad, los vínculos, la ternura. Eso sostiene la vida”.

Durante esos años de filmación, el tiempo se volvió otro protagonista. “Aprendí que hay procesos que necesitan paciencia, tiempo de verdad. No el tiempo estandarizado del cine, sino el de estar y acompañar sin calcular. Cuando el cine quiere controlar la vida, algo falla”, dice Clarisa. “También aprendí que para sostener algo tan largo necesitás a tu gente. Sin mis amigos y compañeres —Lucas Olivares, Liz Haedo, Eugenia Campos Guevara, Sofía Paoli— nada habría sido posible”.

“El príncipe de Nanawa” nació y creció en la frontera entre Paraguay y Argentina. Un territorio donde la vida misma es frontera. “Ahí las personas viven divididas entre dos países, y eso muestra lo absurdo de las separaciones. En Nanawa no hay agua potable ni puestos de salud, mientras que en Clorinda sí. Pero si la frontera cierra a las siete y hay una emergencia, no se puede cruzar. Aun así, la gente se las ingenia, se reinventa. Hay una solidaridad enorme”.

Quizás por eso, la película se siente tan humana. Porque más allá del registro documental, hay una pulsión poética que no se impone: nace del vínculo. “Para mí lo poético y lo político van de la mano”, dice Navas. “Sostener un vínculo durante diez años, imaginar otras realidades posibles ahí donde todo parece escrito… eso también es un gesto político. Una forma de resistir”.

Y así, entre la ternura, la amistad y la resistencia, “El príncipe de Nanawa” se llevó su mención en el Asuficc, pero sobre todo continuará resonando en quienes la vieron.

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