Los secretos para la distracción y apaciguamiento de la población fueron descubiertos ya en la antigua Roma. El poeta y sátiro Juvenal acuñó en aquellos tiempos la frase “panem et circenses” a modo de protesta contra la decadencia moral y política de la sociedad romana de su época.

La expresión «pan y circo» es una frase popular que ha sido utilizada durante siglos para describir la estrategia de los gobernantes de entretener y calmar a la población mediante la provisión de comida y entretenimiento.

Durante el Imperio Romano, los emperadores y gobernantes ofrecían a la ciudadanía alimentos gratuitos y espectáculos en los circos, como las famosas carreras de carros, con el fin de mantener el orden y evitar posibles levantamientos o revueltas. En la actualidad política de Paraguay, notamos que estos antiguos sistemas siguen vigentes, aunque en vez de pan, se otorgan cargos públicos; en vez de circo, shows en redes sociales.

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La escena se torna cada vez más bizarra y desconcertante, marcada por un espectáculo chabacano donde se discuten cuestiones e intereses personales por encima de temas trascendentales para el país. Las disputas partidistas y los egos inflados eclipsan cualquier intento de diálogo racional y constructivo. Parecería ser que nuestros congresistas olvidan que estamos a las puertas de la resolución de las negociaciones que corresponden al Anexo C del tratado de Itaipú; el proyecto “Hambre Cero” se encuentra pendiente de ser pulido y lanzado; la seguridad se encuentra comprometida debido a la actuación de temibles grupos criminales; la salud se ve golpeada una vez más por el dengue. Estos y otros temas quedan eclipsados debido a los espectáculos brindados por nuestros congresistas.

Observamos impasibles cómo los líderes políticos se sumergen en un circo de acusaciones mutuas, chismes y agresiones mediante redes sociales, cuestiones que mucho se asemejan a estrategias de distracción, acaso con el fin de desviar la atención de problemas urgentes que no están encarando de manera seria, como la pobreza, la educación y la salud pública. Mientras tanto, el pueblo paraguayo queda atrapado en un ciclo interminable de promesas vacías y desencanto.

La falta de liderazgo responsable y la superficialidad de los debates políticos demuestran una desconexión alarmante entre los gobernantes y las necesidades reales de la ciudadanía. La agenda nacional se ve contaminada por agendas personales y agendas partidistas, dejando de lado cualquier visión colectiva de progreso y desarrollo.

La victimización ante las acusaciones cruzadas lleva al montaje de verdaderas novelas que desvían la atención de los graves hechos que se atribuyen unos a otros. Al final ninguno afronta las denuncias, las cuales quedarán posiblemente una vez más olvidadas.

Es lamentable que en un momento crucial para el país, donde se requiere unidad y visión a largo plazo, los políticos prefieran dedicarse a jugar al ajedrez con los intereses del pueblo. La falta de compromiso con el bien común y la ausencia de un debate serio sobre las verdaderas problemáticas nacionales solo alimentan la desconfianza y el descontento popular.

Es hora de que la clase política paraguaya abandone el circo de vanidades y se enfoque en lo que realmente importa: mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos. Urge un cambio de mentalidad y una renovación en la forma de hacer política, donde prime la ética, la transparencia y el compromiso genuino con el país y su gente. Es momento de que nuestros políticos abandonen el uso de la Constitución Nacional como lanza o escudo según la coyuntura y la posición que les toque vivir.