El retorno a los valores humanos esenciales

No ha sorprendido -por lo anunciado en la previa electoral- pero sí aparece como algo llamativo e inaudito en el contexto europeo y global el triunfo de Giorgia Meloni en las recientes elecciones en Italia. Su origen y adhesión a lo que se denomina como el sector de la centroderecha en términos ideológicos han despertado la atención de muchos observadores y en no pocos casos la repulsión por parte de politólogos, periodistas, medios y activistas que no disimulan sus querencias y pertenencias al ámbito totalmente opuesto del arco ideológico, la izquierda, desde la más moderada y racional hasta la más extrema y excéntrica.

¿Debemos hallar algún mensaje en este suceso político ocurrido en la ilustrada y avejentada Europa? Una mirada miope, provinciana, nos podría llevar a ignorar simplemente el hecho. Pero en este mundo globalizado por intereses que se entrecruzan y disputan no ya el poder dentro de los límites nacionales, sino en el ámbito internacional, traspasando fronteras geográficas y culturales en busca de la imposición de sus propias visiones y dogmas ideológicos, resulta relevante observar, analizar y estimar conclusiones o perspectivas de este tipo de acontecimientos.

Meloni puede convertirse en la primera mujer al frente del gobierno en Italia, circunstancia que, por cierto, no han estimulado ni conseguido partidos ni ideologías que invocan permanente e insistentemente la reivindicación de la mujer en toda la sociedad y más aún en la política. Su discurso y propuesta electoral han logrado revertir años de hegemonía ideológica de sectores autodenominados “progresistas” (que a esta altura resultan realmente ya conservadores y esclerosados). Y con esa plataforma Meloni se aferró a valores humanos, culturales y hasta religiosos (sin herir la esencia laica del Estado) para ganar unas elecciones en medio de una Italia y Europa asediadas por los antivalores, las paradojas y disfunciones políticas que fueron cultivadas y enraizadas por gobiernos e ideologías que se apartaron de la esencia humana con “conquistas” falaces, con pseudo derechos creados a fuerza de imposiciones antojadizas y reclamos montados en histerias colectivas hábilmente manipuladas.

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Los postulados de Meloni vienen a coincidir, probablemente más de lo que analistas políticos pudieran interpretar objetivamente, con expectativas y requerimientos de ciudadanos que tal vez estén finalmente convencidos de que el camino hacia una sociedad en la que impere el bien común no puede hacerse sobre la base del sectarismo y la pérdida de la esencia humana. Haber proclamado el valor fundamental de la vida frente al imperio del egoísmo deshumanizante ha sido relevante en este contexto. Elegir el camino de la solidaridad basada en la legalidad y el verdadero respeto multicultural ha resultado posiblemente un mensaje racional y confiable en circunstancias en las que muchos europeos podrían estar sintiéndose amenazados en sus raíces culturales. Proponer el rescate de la economía en base a la racionalidad fiscal que respeta al ciudadano contribuyente y no lo hace mero engranaje de un estado inescrupuloso y avasallador, ha sido quizás otro atractivo importante.

Son estas y otras las claves, probablemente, de una reacción sentida en las urnas a la crónica displicencia, pusilanimidad y/o cinismo de dirigencias políticas que seguirán perdiendo confiabilidad y apoyo mientras sigan sosteniendo propuestas alejadas de la dignidad humana. Ya no se engaña a la gente con estigmatizaciones propagandísticas ni discursos histéricos y fanáticos. Más que derechas o izquierdas ideológicas, la ciudadanía busca confiabilidad e integridad, valores y principios humanos, propuestas y respuestas razonables, creíbles. Las acusaciones de “fascismo” o «ultraderecha» se estrellan contra la pared de una realidad que es innegable: la gente ya no es tonta y sabe castigar a quienes engañan y se mofan de su apoyo.

Quizás haya que ampliar aún más en el tiempo la mirada para encontrar otros mensajes incrustados en este hecho político que hoy reverbera en el continente europeo, pero, por ahora, su emergencia parece señalar el camino renovador (y hoy hasta podría decirse verdaderamente revolucionario) del rescate de los valores humanos esenciales en la política. Algo que puede ser altamente beneficioso para la gente, para la sociedad, para el presente y futuro de la humanidad.