OEA, de la teoría a la práctica

La Organización de los Estados Americanos (OEA) ha pretendido, desde su fundación en 1948, erigirse como pilar esencial en la promoción de la democracia, los Derechos Humanos, la seguridad y el desarrollo en el hemisferio occidental. Sin embargo, y sobre todo en las últimas décadas, se ha evidenciado una desconexión preocupante entre los principios establecidos en su marco teórico y la realidad práctica de las relaciones diplomáticas y económicas entre sus estados miembros.

Se ha desarrollado una nueva edición de la Asamblea de la OEA, y resta esperar que esta vez las declaraciones realizadas en el marco de ésta se hagan patentes en la vida americana, y que no se trate solo de una reunión para exponer enunciados que se convertirán en letra muerta.

Sin duda, las bases y condiciones de relacionamiento que la OEA pretende establecer son claras y ambiciosas: fomentar la cooperación, la paz, y el respeto a la soberanía de las naciones. Sin embargo, en la práctica, hemos sido testigos de una serie de discrepancias que ponen en duda la efectividad de esta organización. La politización de la OEA por agendas extra región, junto con la influencia desproporcionada de unos pocos países, ha generado un notable deterioro en la imagen dela organización, lo que ha su vez ha promovido entre los miembros una sensación de impedimentos respecto a la posibilidad de coordinar acciones concertadas y efectivas.

Unite al canal de La Tribuna en Whatsapp

La OEA debería velar por el irrestricto respeto de las tradiciones americanas, lo cual incluye lógicamente las cuestiones ideológicas, culturales y espirituales de la gran población que pretende nuclear. Asumir posiciones de agendas como la europea, conllevaría necesariamente a una disociación de los valores y los propios principios de los pueblos y estados que la integran.

Uno de los principales problemas radica en la falta de mecanismos para hacer efectivas las políticas y acuerdos adoptados. Muchas veces, las decisiones de la OEA quedan en papel, sin traducirse en acciones concretas que beneficien a los ciudadanos de los países miembros. Esto se agrava con la ausencia de un sistema de fiscalización real y operativo que pueda disuadir a los estados de incumplir con los compromisos asumidos.
Parecería ser que además la OEA enfrenta limitaciones de financiamiento y recursos, lo que disminuye su capacidad operativa y su influencia en la región. Para revitalizar su rol, es necesario implementar reformas profundas que incluyan una reestructuración financiera, el fortalecimiento de los mecanismos de cumplimiento y la despolitización de sus órganos de decisión.


La actualización y reforma de la OEA no solo es necesaria, sino urgente para que sea verdaderamente útil. En un contexto global donde las amenazas a la democracia y los derechos humanos son constantes, la organización debe adaptarse y modernizarse para responder a las demandas contemporáneas. A fin de afrontar estas graves y constantes amenazas a la paz absoluta, es necesario contar con un organismo robusto y sólido; esta es la única forma de que la institución logre relevancia y convertirse en un verdadero instrumento de integración y desarrollo para las Américas.