El pensador británico Mark Fisher, en su implacable diagnóstico sobre el realismo capitalista, acuñó un concepto que explica la tragedia silenciosa de nuestra época: la “privatización del estrés”. Fisher denunciaba que el sistema logró su mayor victoria ideológica al convencernos de que el agotamiento, la ansiedad o la depresión son exclusivamente desajustes químicos individuales.
Al desvincular el malestar de las condiciones estructurales que lo provocan, el aislamiento, la precariedad y la exigencia perpetua de rendimiento, se ejecuta una trampa perfecta. Se culpa a la biología del individuo, se esconde la raíz social del problema y la solución, convenientemente, se vende en una farmacia.
Esa privatización del sufrimiento dejó de ser una abstracción filosófica para materializarse frente a mis ojos con una crueldad devastadora. Durante la semana, en menos de treinta minutos, tres personas colapsaron en la sala de espera de una consulta psiquiátrica. No fue un desborde extraordinario ni una escena de ficción; fue la irrupción violenta de una desesperación colectiva que nos exigen procesar en las sombras.
Sin embargo, lo verdaderamente terrorífico no fue el quiebre explícito de esos cuerpos que apenas lograban sostener un día más, sino la escalofriante naturalidad con la que el entorno asimiló la crisis. El dolor ajeno pasó a formar parte del mobiliario. La rutina había anestesiado incluso lo urgente.
En medio de ese naufragio emocional, la maquinaria burocrática continuó operando, validando la tesis de Fisher hasta sus últimas consecuencias. Detrás de una secretaría, comenzaron a entregarse recetas médicas nombrando a los pacientes en serie. Sin consulta previa, sin conversación, sin siquiera una validación humana de identidad. Una auténtica línea de ensamblaje para la angustia, donde la atención se reduce a un trámite administrativo y el mensaje implícito es letal: sobrevivir alcanza.
Esta medicalización sin escucha es la forma en que el modelo nos demuestra que no le importa por qué nos duele la existencia, siempre y cuando callemos el síntoma rápido para poder seguir produciendo. Reducir la fragilidad humana a un nombre gritado al viento desde una secretaría despoja al paciente de su última dignidad: la de ser mirado y reconocido por otro.
Sanar no es un proceso que pueda resolverse en el encierro de una burbuja individual ni tragando una pastilla en silencio. La salud mental en ocasiones necesita medicamentos, sí, pero también exige presencia, seguimiento y el amparo de la tribu. El error es de base, ya que le estamos exigiendo a la psicología clínica y a la psiquiatría que compensen la demolición de nuestro tejido social.
Las salas de espera están hoy colapsadas de personas intentando tratar en el aislamiento lo que la sociedad rompió en masa. El problema no es únicamente que el sistema sanitario haya perdido su humanidad, el problema es que nos destruyeron el vecindario y pretendemos que una receta médica, entregada al apuro, nos devuelva el derecho a pertenecer.


