Vaya calificativo del viejazo que ya nadie utiliza y que los jóvenes pensarán que se trata de un tipo de “manteca” o algo así… Pues bien, en una discusión reciente en un grupo de amigos, todos “exas”, en un restaurante de la zona de Carmelitas, ejem, se suscitó de pronto una discusión por los elevados precios de la carne —que se reflejaban dolorosamente en los platos—, donde yo tuve el desatino de mencionar que una de las razones de ese drama popular era la floreciente exportación que dejaba poco margen para el consumo local.
“No seas mentecato”, me espetó uno de los amigos, viejo gerente de una compañía de seguros. Y empezó a hablar, brillantemente claro, de los beneficios de la exportación para el país, el ingreso de divisas, el crecimiento económico y demás. Y claro que tenía razón.
Primero le pregunté a Google qué quería decir mentecato y me respondió: “persona tonta, necia, falta de juicio o que actúa con poca sensatez”. Socorro, pensé.
Pero después fui al súper y vi los precios siderales de la carne —arriba de los 100.000 guaraníes el kilo, un corte más o menos bueno— y recuperé mi autoestima. ¡Déjame de joder! En este país agrícola-ganadero, siempre, pero siempre hubo carne en la mesa de todos los paraguayos, ricos y pobres. Era casi un símbolo nacional. ¿Qué pasó ahora?
Investigué un poco y me llamó la atención una cifra de la Conacom, Comisión Nacional de la Competencia, donde se revelaba que varios frigoríficos grandes exportan cerca del 90% de su producción. E’a y bueno… También me acordé del eterno tira y afloje entre supermercadistas y dueños de frigoríficos, que se pasaban culpándose mutuamente del encarecimiento de la carne mientras anunciaban campañas de “abaratamiento” que duraban menos que un suspiro.
La carne siguió por las nubes.
Ahora el gobierno, tratando de poner paños fríos al enojo ciudadano, lanzó ferias populares de carne. Buena intención, sin duda. Pero cuando un producto básico necesita “ferias especiales” para que la gente pueda comprarlo, algo evidentemente ya se desacomodó.
Como soy un “mentecato” oficialmente calificado, estoy aterrorizado —es una forma de decir nomás— por el anuncio de la exportación de pollos a Taiwán, país que no se anda con chiquitas y que seguramente llevará toneladas y toneladas. Seguidamente veo que Emiratos Árabes Unidos también quiere pollo paraguayo, y esos tampoco parecen clientes modestos.
No soy tan mentecato como para satanizar la exportación; todo lo contrario. Paraguay necesita vender al mundo, generar riqueza, mover la economía. Pero tampoco podemos repetir con el pollo lo que ocurrió con la carne vacuna. Porque si también el pollo se dispara a precios imposibles, nos volveremos vegetarianos a la fuerza.
Toc, toc. Tal vez haya llegado la hora de que los honorables congresistas hagan algo útil y serio: establecer mecanismos que garanticen un equilibrio razonable entre exportación y abastecimiento local. Hasta aquí se exporta y el resto queda para el mercado interno. Así de simple. Porque una cosa es exportar riqueza y otra muy distinta dejar vacía la mesa de los paraguayos.

